
Ad Astra: cuando llamamos carácter a lo que aprendimos para sobrevivir
AD ASTRA: CUANDO LLAMAMOS CARÁCTER A LO QUE APRENDIMOS PARA SOBREVIVIR
Sobre las expectativas, las cosas que no entendemos, la distancia entre padres e hijos y todo aquello que seguimos haciendo mucho después de haber olvidado por qué empezamos.
Hace unos días hice una cosa un poco absurda, y no son pocas las que hago: ver el tráiler de una película después de haberla visto varias veces.
La película era Ad Astra, de James Gray, que a mí me gusta muchísimo. Y cuando terminé de ver el tráiler pensé que, si lo hubiese visto antes, probablemente no habría ido a verla.
Lo cual tiene cierto mérito, porque el tráiler está hecho precisamente para conseguir lo contrario.
Durante unos dos minutos, alguien ha conseguido reunir prácticamente todos los momentos de acción que James Gray repartió a lo largo de más de dos horas. Hay disparos, explosiones, una persecución por la Luna, una caída espectacular, naves, accidentes y gente corriendo. Todo montado con el suficiente ritmo como para pensar que Brad Pitt va a pasarse media película salvando el sistema solar mientras le disparan desde algún cráter.
Y luego ves Ad Astra y Brad Pitt se pasa una cantidad bastante considerable de tiempo en silencio, pensando, mirando, escuchando e intentando que su pulso no se altere demasiado mientras viaja cada vez más lejos de la Tierra para buscar a su padre.
Entiendo perfectamente a quien hizo el tráiler. Su trabajo no era explicar la película, sino conseguir que compráramos una entrada. Seguramente alguien pensó que era bastante más fácil vender una persecución lunar que dos horas sobre la distancia emocional entre un padre y un hijo.
Lo interesante es que no tuvieron que inventarse nada.
La persecución existe. Los disparos existen. Las explosiones existen. Los accidentes existen.
Si alguien protestara, podrían responder perfectamente:
—Oiga, nosotros no hemos mentido.
Y tendrían razón.
Solo han cogido cosas verdaderas y las han colocado de tal manera que terminan contando algo que no es exactamente verdad.
Una actividad bastante menos exclusiva de la publicidad de lo que nos gustaría pensar.
Nosotros también sabemos hacerlo estupendamente. Podemos contar una relación utilizando únicamente las cinco putadas que nos hizo la otra persona y seguramente construiremos un relato verdadero. También podemos contarla utilizando exclusivamente los cinco momentos en los que nosotros fuimos unos hijos de puta y tendremos otro relato igualmente verdadero.
Los hechos no tienen por qué ser falsos para que la historia que construimos con ellos esté incompleta.
Hacemos algo parecido con nuestra propia vida. Recordamos determinadas cosas, dejamos otras fuera, conectamos acontecimientos que puede que nunca estuvieran conectados y poco a poco construimos una explicación de quiénes somos, de quién fue el culpable, de por qué aquella relación terminó o de por qué nosotros actuamos como actuamos.
Y puede que todo lo que contemos haya ocurrido.
La pregunta es qué dejamos fuera mientras lo contamos.
CUANDO LA REALIDAD TIENE QUE COMPETIR CON LO QUE IMAGINAMOS
El tráiler de Ad Astra construye una historia bastante clara: vas a ver una aventura espacial. Así que alguien compra una entrada esperando eso y, a los veinte minutos, James Gray empieza a hacer otra cosa.
Tampoco me parece tan extraño que una parte del público se cabree.
Si entro en un restaurante porque fuera pone «paella» y al sentarme me sirven una lubina magnífica, puede que la lubina sea extraordinaria y yo siga preguntando dónde coño está mi arroz.
No necesariamente porque sea incapaz de apreciar la lubina, sino porque me habían preparado para otra cosa.
Y eso me hizo pensar en cuánto de lo que llamamos decepción pertenece realmente a aquello que tenemos delante y cuánto pertenece a la versión que nosotros habíamos construido antes de llegar.
Con una película es bastante inocente. Pierdes dos horas, sales del cine diciendo que menuda mierda y te vas a cenar.
Pero fuera del cine hacemos algo parecido con bastante más en juego.
Esperamos que una relación sea de determinada manera, que un trabajo nos haga sentir de una forma concreta, que unas vacaciones sean memorables, que alguien reaccione como creemos que debería reaccionar o que una conversación pendiente termine exactamente con las palabras que llevamos meses imaginando.
Y cuando la realidad llega, no tiene que enfrentarse solamente a nosotros.
Tiene que competir con todo lo que habíamos imaginado antes.
Y algunas veces pierde.
NO ENTENDER ALGO NO SIGNIFICA QUE ALLÍ NO HAYA NADA
Hace poco estaba leyendo críticas de usuarios de Ad Astra y encontré una que no era ni siquiera de las peores.
El hombre empezaba dirigiéndose a quienes habían disfrutado muchísimo de la película, a los que hablaban de «viaje emocional», de «epopeya fantástica», de «cine minimalista espacial». Les decía que los quería mucho, que eran geniales, que los besaría a todos… y acto seguido los invitaba amablemente a dejar de leer porque aquella crítica no era para ellos.
Era para los otros.
Para quienes habían salido del cine pensando:
—O yo soy muy corto o me la han colado hasta el fondo.
Y esto me parece bastante más interesante que saber si a aquel hombre le gustó Ad Astra, porque fíjate en las dos posibilidades que acaba de dejar disponibles.
O soy corto o me han engañado.
No aparece «puede que haya cosas que no haya entendido». Tampoco «puede que la haya entendido perfectamente y sencillamente no me guste». Ni siquiera «puede que esa persona haya encontrado algo que yo no he encontrado y no pase absolutamente nada».
No.
O el problema está en mí o el problema está en todos esos que dicen haber encontrado algo profundo donde yo no he encontrado nada.
Y, puestos a elegir, entiendo perfectamente que la segunda opción resulte bastante más cómoda.
Porque además, en un momento determinado, suelta una frase maravillosa:
—Yo me he sacado mis estudios y ¿no soy capaz de entender una película del espacio?
Hay una asociación bastante extraña entre haber estudiado y estar capacitados para entender cualquier cosa que se nos ponga delante.
Una persona puede tener sus estudios y eso no le impide ser completamente idiota en una cantidad bastante importante de asuntos. Algunos durante años.
Una carrera puede acreditar que hemos adquirido determinados conocimientos y capacidades, pero no viene acompañada de un certificado adicional que diga que entendemos el abandono, el deseo, una pareja, a nuestros padres, a nosotros mismos y, además, el cine de James Gray.
Estaría muy bien. Recoges el título y te dicen:
—Enhorabuena. A partir de hoy ya no se le escapa una metáfora.
Pero me temo que no funciona así.
Decir «no lo entendí» deja abierta una posibilidad que resulta un poco más difícil de tolerar: que allí pueda haber algo que yo todavía no haya visto.
No significa que necesariamente lo haya. No entender algo no convierte automáticamente aquello en profundo, igual que aburrirse con una película no convierte automáticamente a quien la disfruta en un farsante.
Simplemente deja la cuestión abierta.
Y no sé por qué nos cuesta tanto hacer eso.
He visto películas que me parecieron una mierda y años después he vuelto a ellas y me han parecido maravillosas. Y no creo que durante ese tiempo el director entrara por las noches a cambiar planos aprovechando que yo no estaba mirando.
La película era la misma.
El que no era exactamente el mismo era yo.
Esto tampoco ocurre solo con el cine. Hay conversaciones con nuestros padres que entendemos veinte años después de haberlas tenido, comportamientos propios que durante muchísimo tiempo nos parecieron perfectamente razonables y un martes cualquiera empezamos a sospechar de dónde venían, libros que leemos a los veinte y nos aburren y a los cuarenta parece que alguien los ha reescrito.
Incluso hay cosas que alguien nos dijo y que nos parecieron una gilipollez hasta que un día nos ocurre algo y pensamos:
—Ah… era esto.
No porque de repente seamos más inteligentes, sino porque ahora tenemos algo que antes no teníamos. Una experiencia, una pérdida, una referencia, una herida, otra edad o simplemente una manera diferente de mirar.
Por eso me interesa tanto nuestra necesidad de resolver inmediatamente aquello que no entendemos.
Una cosa es decir «esto no me ha gustado» y otra bastante distinta convertir nuestra incapacidad para encontrar algo en la prueba de que allí no había nada.
Y para eso «pretenciosa» viene de puta madre.
Porque además puede ser verdad. Hay obras pretenciosas, directores que confunden oscuridad con profundidad, planos eternos que no llevan a ninguna parte y películas que parecen pedirnos reverencia simplemente porque alguien lleva quince minutos fumando junto a una ventana.
Pero precisamente porque esas cosas existen, la palabra también puede convertirse en un escondite estupendo.
«Pretenciosa» puede ser una crítica perfectamente razonable o puede significar: «No sé qué coño acabo de ver y preferiría que el problema estuviera allí».
Yo he hecho las dos y sospecho que distinguirlas es bastante más difícil de lo que parece.
Tampoco se trata de convertir el cine en una prueba moral donde, si te aburres con una película lenta, es porque no has trabajado suficientemente tu mundo interior. Puedes tener una sensibilidad extraordinaria, entender perfectamente Ad Astra y pensar que es un coñazo.
Lo único que me cuesta más aceptar es que utilicemos nuestro aburrimiento como prueba de que los demás están fingiendo cuando encuentran algo que nosotros no encontramos.
Porque entonces reducimos muchísimo las posibilidades: o yo soy idiota o tú eres un farsante.
Y hombre… podemos ampliar un poquito el menú.
Puede que yo no haya entendido algo, puede que tú estés viendo profundidad donde no la hay o incluso podemos ser idiotas los dos, que tampoco conviene descartar esa posibilidad demasiado pronto.
Pensando en todo esto volví a aquella expresión de la crítica: «una película del espacio».
Porque claro que Ad Astra transcurre en el espacio.
Pero cada vez estoy menos seguro de que trate sobre él.
LA DISTANCIA QUE APRENDEMOS EN CASA
A mí Ad Astra me parece mucho más una historia sobre la distancia, y creo que por eso necesita mandar a Roy McBride tan lejos.
Podría contar la historia de un hijo que no consigue relacionarse con su padre dentro de una casa. Tenemos miles de películas que hacen eso y algunas son magníficas. James Gray decide coger una distancia que normalmente no podemos ver y convertirla en algo físico hasta mandar al padre prácticamente al otro extremo del sistema solar.
Y cuanto más lejos viaja Roy para encontrarlo, más evidente resulta que la distancia importante estaba ahí mucho antes de que ninguno de los dos subiera a una nave.
Roy además es un personaje curioso porque al principio no parece alguien especialmente roto. De hecho, parece exactamente lo contrario.
Es extraordinariamente competente, controla sus pulsaciones, mantiene la calma en situaciones en las que cualquiera de nosotros estaría llamando a su madre y sabe separar aquello que siente de aquello que tiene que hacer.
Profesionalmente es magnífico.
Y eso me interesa mucho porque tenemos cierta tendencia a imaginar que nuestras heridas, si existen, tienen que funcionar mal.
Y no siempre.
Hay cosas que aprendemos para sobrevivir a determinados lugares y que pueden resultar tremendamente útiles. El problema aparece cuando salimos de aquel lugar y seguimos utilizándolas porque ya ni siquiera recordamos que un día fueron una respuesta a algo.
Uno puede aprender a no pedir ayuda porque hubo un tiempo en el que pedirla no servía de demasiado; puede aprender a anticiparse a todo porque vivir sin saber qué iba a ocurrir era insoportable; puede aprender a no mostrar demasiado lo que siente porque hacerlo tuvo algún precio.
Y después pasan los años.
El contexto desaparece.
Pero nosotros seguimos haciendo aquello que aprendimos.
Y llega un momento en el que ya ni siquiera decimos «esto es algo que hago».
Decimos:
—Yo soy así.
Roy ha aprendido a no alterarse, a controlar, a no necesitar demasiado y a mantener una distancia que le permite funcionar incluso cuando todo a su alrededor se va a la mierda.
Y después conocemos a su padre y empezamos a preguntarnos dónde aprendió todo eso.
Clifford McBride es un hombre que dedicó su vida a buscar vida inteligente fuera de la Tierra y que, para hacerlo, fue alejándose de la vida que tenía aquí.
Y no hace falta que un padre siente a su hijo un domingo por la tarde y le diga:
—Roy, voy a enseñarte a ser distante.
Hay aprendizajes bastante más eficaces que una conversación.
Podemos enseñar a alguien qué importancia tiene mostrándole constantemente qué ponemos por delante de él; podemos enseñarle cómo tratamos la vulnerabilidad cada vez que aparece, si necesitar a otro es algo normal o algo que conviene ocultar, qué hacemos cuando estamos tristes, cuándo pedimos ayuda, cómo queremos, cómo nos marchamos y también cómo regresamos.
Y probablemente la mayoría de esas clases ni siquiera sabemos que las estamos dando.
Un niño va mirando y organiza el mundo con lo que tiene. Si cuando algo duele nadie habla, aprende algo; si quien parece fuerte es quien nunca necesita a nadie, también; y si la persona a la que admira siempre tiene una misión más importante que estar, probablemente aprenda unas cuantas cosas más sin que nadie tenga que explicárselas.
No todos aprenderemos lo mismo porque tampoco somos fotocopiadoras, pero me parece una idea bastante fuerte pensar que podemos educar a alguien en la distancia sin pronunciar una sola vez la palabra distancia.
Y por eso hay cosas de nuestros padres que descubrimos en nosotros mucho después.
No necesariamente sus frases ni sus opiniones. A veces descubrimos su manera de callarse, su forma de marcharse de una conversación, aquello que hacían cuando tenían miedo, la manera en que pedían —o no pedían— cariño.
Y alguna vez incluso descubrimos que llevamos años intentando no parecernos a ellos mientras repetimos exactamente alguna de las cosas que más nos dolieron.
CUANDO LO QUE NOS PROTEGIÓ EMPIEZA A ALEJARNOS
Lo fascinante de Roy es que esa distancia, además, le ha funcionado.
No estamos hablando de un hombre incapaz de levantarse de la cama. Estamos hablando de un astronauta al que confían misiones extraordinarias precisamente porque posee muchas de las características que, fuera de ese contexto, empiezan a separarlo de la gente que tiene cerca.
Y hacemos algo parecido constantemente: vemos una característica que produce buenos resultados en un lugar y decidimos que esa característica es buena, como si las cualidades humanas funcionaran independientemente del contexto.
Controlarse puede salvarte la vida, pero intentar controlarlo absolutamente todo puede hacer bastante difícil vivir contigo.
No necesitar ayuda puede permitirte atravesar una situación concreta, pero construir una identidad alrededor de no necesitar nunca a nadie puede terminar dejándote bastante solo.
Y entonces James Gray empieza a sumar kilómetros.
Roy se aleja de la Tierra para acercarse a su padre, después se aleja más y después todavía más, hasta que aparece una contradicción que me parece preciosa: para resolver la distancia, está haciendo exactamente aquello que aprendió.
Marcharse todavía más lejos.
Como si acercarse a su padre consistiera simplemente en conseguir llegar hasta el lugar en el que está.
Y supongo que nosotros hemos hecho versiones bastante menos espectaculares de lo mismo. Pensar que si conseguimos tener esa conversación pendiente todo quedará colocado, que si finalmente alguien nos explica por qué hizo aquello podremos entenderlo, que si conseguimos que reconozca algo, que pida perdón o que nos mire de determinada manera desaparecerá una distancia que llevamos años intentando recorrer.
Y algunas veces ocurre.
Pero otras llegamos, tenemos a la persona delante, escuchamos la explicación que llevábamos años esperando y descubrimos algo bastante jodido:
Que seguimos igual de lejos.
Eso es lo que me resulta tan triste del encuentro entre Roy y su padre. No que haya tenido que viajar hasta Neptuno, sino que después de todo ese viaje consigue por fin estar físicamente cerca de él y eso no convierte a Clifford en el padre al que llevaba toda la vida intentando llegar.
Y creo que fuera del cine hay algo de esto que cuesta muchísimo aceptar: podemos comprender mejor a nuestros padres sin que eso cambie lo que ocurrió.
Podemos llegar a entender por qué alguien fue como fue, qué miedo tenía, qué había aprendido antes que nosotros o qué herramientas no tuvo nunca y, aun así, seguir pensando que aquello nos hizo daño.
Entender no obliga a absolver.
Pero tampoco obliga a condenar para siempre.
A veces simplemente añade información a una historia que durante años habíamos tenido que contar con muy pocas piezas.
LA BELLEZA NO TIENE POR QUÉ CUIDARNOS
Hay otra cosa de Ad Astra que siempre me ha fascinado y que me recuerda muchísimo a El renacido, de Iñárritu, aunque aparentemente una tenga astronautas y la otra a un señor intentando no morirse congelado en mitad de un bosque.
Las dos colocan a una persona diminuta dentro de algo de una belleza extraordinaria que no tiene el menor interés en que esa persona sobreviva.
Y me gusta porque nosotros tenemos una relación bastante peculiar con la belleza: a veces le atribuimos cualidades morales que no tiene.
Algo bello no tiene por qué cuidarnos.
Una montaña no se vuelve menos hermosa porque pueda matarnos y una relación, una forma de vida o incluso una idea tampoco tiene necesariamente que ser buena para nosotros porque desde fuera resulte preciosa.
Esto también lo hacemos con las personas. Hay vidas que admiramos porque parecen extraordinarias desde fuera y no sabemos cuánto cuesta vivir dentro de ellas.
Hay personas que parecen fortísimas y puede que simplemente no hayan encontrado todavía una manera de permitirse ser otra cosa.
Clifford, el padre de Roy, es uno de esos hombres que desde cierta distancia podría parecer admirable. Ha dedicado su vida a una misión gigantesca, ha llegado donde prácticamente nadie había llegado y ha sacrificado casi todo por encontrar vida inteligente fuera de la Tierra.
El pequeño problema es precisamente ese «casi todo».
Porque entre las cosas sacrificadas estaba la vida que ya tenía aquí.
Y cuando Roy finalmente llega hasta él descubre que su padre sigue mirando hacia fuera.
Para mí ahí está una de las cosas más tristes de la película: un hombre ha pasado su vida buscando vida en el universo y ha terminado siendo incapaz de reconocer el valor de la que tenía cerca.
Pero tampoco creo que Clifford sea simplemente un monstruo. Eso sería demasiado fácil.
Está atrapado dentro de aquello a lo que ha entregado su vida y volver significaría enfrentarse a todo lo que dejó atrás y también a algo todavía más difícil: aceptar que tantos años, tanto sacrificio y tanta distancia podían no haber conducido al lugar que esperaba.
Y esto tampoco necesita una nave espacial.
Cuanto más hemos invertido en una manera de vivir, en una relación, en una profesión, en una idea sobre nosotros mismos o incluso en una equivocación, más difícil puede resultar mirar hacia atrás y preguntarnos si queremos continuar.
Porque ya no estamos decidiendo únicamente qué hacemos mañana.
También estamos intentando justificar todo lo que hicimos ayer.
NO PODEMOS CONVERTIR A NUESTROS PADRES EN LAS PERSONAS QUE NECESITÁBAMOS
Roy no puede arreglar a su padre.
Puede recorrer miles de millones de kilómetros, encontrarlo, hablar con él e intentar traerlo de vuelta, pero no puede convertirlo en otro hombre.
Y esa es una de las cosas más difíciles que hacemos con las personas a las que queremos: dejar de esperar que finalmente se conviertan en la persona que nosotros necesitábamos que fueran.
Roy no consigue al padre que necesitaba, no recibe una explicación capaz de ordenar retrospectivamente toda su vida y tampoco hay una conversación mágica que transforme la ausencia en presencia.
Lo único que puede decidir es qué hace él con aquello que aprendió.
Y ahí es donde la historia del padre empieza a importarme bastante menos que la del hijo.
Porque si aceptamos que muchas de estas cosas se aprenden sin que nadie nos las enseñe explícitamente, también tendremos que aceptar que podemos pasar media vida repitiéndolas sin saber exactamente de dónde vienen.
Podemos llamar carácter a algo que empezó como adaptación, independencia a no saber pedir ayuda o serenidad a no permitirnos sentir determinadas cosas.
Y lo jodido es que incluso podemos construir una vida bastante funcional alrededor de todo eso.
Hasta que algo deja de funcionar.
Roy ha necesitado irse hasta Neptuno para encontrarse literalmente con el origen de una parte de su distancia.
Nosotros normalmente tenemos la suerte de poder hacerlo sin traje espacial.
Aunque tampoco siempre.
Y por eso el final me gusta tanto, porque después de llevarnos cada vez más lejos la película no necesita encontrar nada nuevo allí. No hay una gran revelación sobre vida extraterrestre que justifique el viaje.
Lo importante es que Roy puede regresar de una manera distinta a como se fue.
No porque haya resuelto a su padre —que es una fantasía que a veces nos ocupa demasiado tiempo—, sino porque empieza a comprender qué parte de su padre llevaba él consigo.
Y eso me parece bastante más humano que la idea de «superar» lo que nos pasó, porque hay cosas que probablemente no desaparezcan. Forman parte de cómo aprendimos a estar en el mundo.
Pero una cosa es llevar algo con nosotros y otra muy distinta dejar que siga decidiendo por nosotros sin saber siquiera que está ahí.
VOLVER A MIRAR
Después de haber llegado hasta Neptuno, vuelvo al puto tráiler.
Porque ahora entiendo perfectamente por qué era tan difícil vender esta película contando lo que realmente hace.
«Brad Pitt viaja hasta los confines del sistema solar y descubre que una parte de su manera de relacionarse con los demás probablemente la aprendió de su padre» tiene algo menos de tirón comercial que una persecución con armas en la Luna.
Así que metemos las explosiones, la gente entra y James Gray hace una película sobre otra cosa.
Pero después de darle todas estas vueltas creo que ya no me interesa demasiado decidir quién entendió Ad Astra y quién no.
Me interesa mucho más que podamos contemplar tranquilamente la posibilidad de no haber entendido algo sin que eso nos parezca una derrota.
Porque si yo hubiese tenido razón cada vez que una película, una persona o incluso una parte de mí mismo me pareció incomprensible a la primera, ahora tendría unas cuantas cosas menos que me importan.
Sería bastante extraño pensar que madurar consiste en aprender cada vez más cosas y, al mismo tiempo, negar que alguna vez hubo cosas para las que todavía no teníamos ojos.
A veces volvemos y descubrimos algo extraordinario.
Y otras volvemos y pensamos:
—No, no. Efectivamente era una mierda.
Y también está bien.
Pero al menos hemos vuelto.
Que, pensándolo bien, después de más de dos horas y varios miles de millones de kilómetros, es también más o menos lo que consigue hacer Roy McBride.
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