
ALGUIEN TENDRÁ QUE DEJAR DE HACER ALGO
Solucionar el problema de la vivienda es relativamente sencillo.
Hay que bajar los alquileres.
Yo no sé cómo no se le había ocurrido a nadie antes.
Después del desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años que llevaba más de setenta viviendo en la misma casa, hemos vuelto a hablar muchísimo de vivienda. Manifestaciones, protestas, indignación y esa sensación bastante comprensible de que algo no puede estar funcionando demasiado bien cuando una persona que ha vivido prácticamente toda su vida en una casa termina saliendo de ella de esa manera.
Y entonces empiezan las soluciones.
Hay que regular esto, prohibir aquello, construir más, intervenir los precios, liberar suelo, perseguir los pisos turísticos, dar seguridad a los propietarios, proteger a los inquilinos…
Yo, que no tengo ni puta idea de cómo se soluciona un problema de vivienda, escucho a unos y a otros y voy pensando que sí, que aquello tiene sentido. Después escucho al siguiente y también. Y al tercero y, joder, resulta que este también tiene un punto.
Hasta que empiezas a sospechar que a lo mejor estamos ante uno de esos problemas bastante desagradables en los que no existe un señor escondido detrás de una cortina con una palanca que pone «BAJAR ALQUILERES» y que, por algún extraño motivo, se niega a accionarla.
Ojalá. Sería bastante más fácil.
Pero mientras pensaba en todo esto me acordé de mis vacaciones, que es un lugar bastante menos épico desde el que analizar el problema de la vivienda.
Pensé en qué hago cuando viajo a una ciudad. Evidentemente quiero alojarme y, si puede ser, quiero alojarme bien. No quiero irme cuatro días a Roma y dormir en un polígono industrial a cincuenta kilómetros porque entonces, más que conocer Roma, voy a conocer extraordinariamente bien la línea de cercanías.
Así que hago lo que hacemos muchos. Miro hoteles, miro apartamentos y comparo precios.
Y si el hotel cuesta 210 euros la noche y encuentro un apartamento estupendo por 110, no cierro inmediatamente la página pensando que mi decisión de consumo podría estar contribuyendo a determinadas dinámicas de transformación del mercado residencial romano.
Pienso:
—Hostia, 100 euros menos.
Y reservo.
Y aquí empieza a joderse un poco mi indignación.
Cuando vienen ellos son turistas
Viajar se ha convertido en una cosa bastante importante. No sé exactamente cuándo ocurrió, pero en algún momento conocer sitios dejó de ser simplemente algo que hacíamos de vez en cuando y pasó a formar parte de esa vida que se supone que merece la pena tener.
Hay que viajar, conocer mundo, vivir experiencias, descubrir lugares y además enseñarlos un poquito, porque tampoco vamos a hacer el esfuerzo de llegar hasta Bali para que luego parezca que hemos estado en Cuenca.
A mí esto me parece estupendo. Me gusta viajar. Entiendo perfectamente que alguien ahorre para hacerlo y entiendo también que, una vez allí, quiera dormir en un sitio bonito, céntrico y que no le obligue a vender un riñón para pagar cuatro noches.
Lo curioso empieza cuando millones de personas queremos exactamente lo mismo.
Llegamos a Lisboa y queremos estar en el centro. Llegamos a Roma y queremos estar cerca del centro. Vamos a Barcelona y queremos un barrio bonito, con bares, restaurantes, vida, gente por la calle y todas esas cosas que precisamente hacen atractivo vivir allí.
Entonces aparece alguien que tiene un piso en ese barrio y descubre que puede alquilármelo a mí cuatro noches, después a otros cuatro y después a otros. Hace las cuentas y resulta que puede ganar bastante más que alquilándoselo durante todo el año a una persona que vive allí.
Desde mi posición de turista aquello me viene fenomenal: yo he encontrado un sitio más barato que el hotel y él obtiene más dinero por su vivienda. Estamos los dos contentísimos.
El pequeño problema es la persona que quería vivir allí.
Esa no está participando demasiado de nuestra alegría.
Y si esto ocurre con un piso tampoco pasa gran cosa. Lo interesante empieza cuando ocurre con muchos, porque entonces unas personas buscan en otra zona, donde empiezan a competir con quienes ya buscaban allí, algunos terminan desplazándose un poco más lejos y la cosa va moviéndose.
Por supuesto, esto no explica por sí solo todo lo que ocurre con la vivienda. Hay falta de vivienda, decisiones políticas, salarios, inversión, regulación, propietarios grandes y pequeños, gente que necesita alquilar, gente que tiene miedo de hacerlo, ciudades donde todo el mundo quiere vivir y otras donde sobran casas.
Es un follón.
Pero lo que me interesa no es averiguar qué porcentaje exacto de responsabilidad tiene cada uno. Me interesa algo bastante más cercano: cuando estoy en mi ciudad me molesta que haya demasiados pisos turísticos, pero cuando estoy en otra me viene de puta madre que exista uno.
Y entonces se produce una transformación fascinante.
Cuando vienen aquí son turistas.
Cuando voy yo allí estoy conociendo mundo.
Yo no masifico.
Yo paseo muchísimo.
El paquete que llega mañana
Tampoco es una rareza relacionada con los viajes. Hacemos algo parecido constantemente.
A mí me preocupa el pequeño comercio. Me da pena caminar por una calle y encontrar cada vez más locales cerrados, franquicias, negocios que duran seis meses y tiendas de toda la vida que desaparecen porque ya no salen las cuentas.
Puedo mantener perfectamente esa conversación durante media hora.
Hasta que necesito un cable.
Miro el cable en una tienda y cuesta 19 euros. Lo miro por internet: 11,95. Mañana en casa.
Y ahí aparece una negociación moral bastante breve.
Evidentemente hay que apoyar al pequeño comercio, pero ocho euros son ocho euros y además tendría que coger el coche, ir hasta allí, aparcar y volver.
Comprar ahora.
Al día siguiente llega un señor con mi cable y yo puedo seguir lamentándome perfectamente de que estén desapareciendo las tiendas.
No estoy mintiendo. De verdad me da pena.
Ese es precisamente el problema: las dos cosas son verdad.
También me preocupa cómo se fabrica lo que compro. Ves determinadas condiciones laborales y piensas que aquello es una barbaridad, que no deberíamos permitir que haya personas trabajando así para que nosotros podamos comprar cosas absurdamente baratas.
Después entras en una plataforma y encuentras una camiseta por siete euros.
Siete.
A veces veo esos precios y, más que ganas de comprarla, me entran ganas de conocer el milagro económico que permite que alguien cultive el algodón, fabrique el tejido, diseñe la camiseta, la cosa, la empaquete, la transporte desde la otra punta del planeta, la almacene, la distribuya y todavía quede margen para que yo pague siete euros.
Pero no investigo.
Tengo cosas que hacer.
Elijo talla.
Y no creo que eso signifique necesariamente que seamos unos hijos de puta que por la mañana defienden los derechos laborales y por la tarde deciden conscientemente financiar la explotación.
Es bastante más mediocre que eso.
Simplemente queremos las dos cosas.
Queremos que esa persona tenga unas condiciones laborales estupendas y también queremos la camiseta a siete euros. Mientras nadie nos obligue a elegir entre una cosa y la otra podemos defender ambas con absoluta sinceridad.
El problema aparece cuando alguien nos dice:
—Vale, fabricar así cuesta más.
Y nosotros preguntamos:
—¿Cuánto más?
Porque esa segunda pregunta cambia bastante la conversación.
Estamos de acuerdo hasta que algo nos toca
Queremos mejores condiciones laborales, claro. ¿La camiseta cuesta entonces treinta euros? Bueno, habría que estudiar exactamente qué parte de esos treinta llega al trabajador.
Queremos comercio local. ¿Tengo que pagar ocho euros más? Bueno, también tendrán que modernizarse un poco.
Queremos ciudades con menos presión turística. ¿Mi apartamento de fin de semana cuesta ahora el doble? Bueno, tampoco se puede convertir viajar en un lujo.
Queremos reducir emisiones. ¿El vuelo cuesta bastante más? Bueno, es que entonces solo van a poder viajar los ricos.
Y lo maravilloso es que todas esas objeciones pueden tener sentido.
Ese es el lío.
Es verdad que encarecer determinadas cosas puede hacerlas inaccesibles para mucha gente. Es verdad que no todos los pequeños comercios funcionan bien. Es verdad que el problema de la vivienda no se arregla porque tú y yo dejemos de utilizar un apartamento turístico. Y es verdad que una persona puede pasarse toda su vida consumiendo responsablemente y no compensar determinadas decisiones de una gran empresa o de un gobierno.
Pero también utilizamos con bastante facilidad el tamaño del problema para conseguir que nuestra participación desaparezca por completo.
Como yo solo no puedo solucionarlo, lo que hago yo deja de tener importancia.
Y esto es comodísimo porque me permite tener unos principios magníficos sin que interfieran demasiado con mi agenda.
Además siempre tenemos disponible una frase estupenda:
—El problema es el sistema.
Una frase maravillosa porque probablemente sea cierta y, al mismo tiempo, tiene la enorme ventaja de que el sistema no está en esta habitación.
Está por ahí.
En algún lugar.
Haciendo cosas.
Nosotros aparentemente pasábamos por aquí.
Con la vivienda ocurre algo parecido. Nos parece una barbaridad que una persona no pueda permitirse vivir en su ciudad, pero si tenemos una vivienda queremos obtener por ella un buen precio. Nos gustaría que nuestros hijos pudieran comprar una casa barata, pero tampoco nos entusiasmaría descubrir que la nuestra vale mañana un treinta por ciento menos. Queremos alquileres asequibles y, si somos propietarios, queremos garantías, rentabilidad y no tener un problema durante años si algo sale mal.
No hay nada necesariamente ilegítimo en querer cualquiera de esas cosas.
Lo divertido es quererlas todas a la vez.
Porque llega un momento en el que alguien tendrá que renunciar a algo.
Y ahí solemos empezar a mirar alrededor, a ver si encontramos a alguien que pueda renunciar por nosotros.
La parte en la que nos toca pagar
Sería fácil terminar diciendo que la sociedad es profundamente hipócrita y quedarnos bastante a gusto, pero tampoco me convence. Primero porque cuando alguien dice «la sociedad» normalmente está a punto de explicar un defecto que curiosamente él no tiene. Y segundo porque yo estoy metido exactamente en el mismo follón.
Si viajo busco precios. Si compro algo comparo. Si encuentro exactamente el mismo producto más barato me cuesta bastante pagar más voluntariamente por una cadena de consecuencias que ni siquiera puedo ver. Y si mañana tengo algo que vender probablemente intente venderlo al mejor precio posible.
No creo que haya nada especialmente monstruoso en eso.
Lo que sí me resulta curioso es que después podamos hablar de los problemas que produce la suma de todos esos comportamientos como si hubieran aparecido solos.
Como si una mañana nos hubiéramos despertado y Airbnb estuviera ahí, Amazon estuviera ahí, la ropa de siete euros estuviera ahí, los vuelos de treinta estuvieran ahí y millones de personas hubiesen empezado misteriosamente a utilizarlos.
Los utilizamos porque nos ofrecen algo que queremos.
Ese detalle importa.
Porque es mucho más fácil enfrentarse a un sistema cuando imaginamos que el sistema nos obliga permanentemente a hacer cosas que detestamos. El problema es que muchas veces funciona precisamente porque nos da cosas que nos encantan.
Comodidad. Velocidad. Comprar más. Viajar más. Acceder a cosas que hace unas décadas habrían sido muchísimo más caras.
Cambiar determinadas consecuencias significa tocar también algunas de esas ventajas.
Y ahí la conversación se vuelve bastante más interesante.
Después de ver a una mujer de 87 años salir de la casa en la que llevaba más de setenta años es perfectamente comprensible exigir que algo cambie. Lo que no sabemos todavía es qué pensamos cuando descubrimos cuánto de ese cambio nos corresponde pagar a nosotros.
Y no hablo solamente de dinero.
Puede ser pagar más, viajar de otra manera, esperar tres días en lugar de recibir algo mañana, comprar menos cosas, aceptar que una inversión dé menos rentabilidad.
O puede ser que después de mirar todo eso decidamos que no, que ese precio no estamos dispuestos a pagarlo.
También puede pasar.
Al menos sería interesante saberlo.
Porque sospecho que muchas veces no queremos exactamente otro sistema.
Queremos este, pero sin las partes que nos perjudican.
Queremos el vuelo barato pero no el turismo masivo. Queremos que nuestra casa suba pero que las demás bajen. Queremos salarios europeos y precios fabricados con costes que aquí jamás aceptaríamos. Queremos que sobreviva la tienda del barrio y que mañana a las nueve tengamos el paquete en la puerta.
Seguramente no podamos resolver todas esas contradicciones. Yo desde luego no sé hacerlo.
Pero la próxima vez que señalemos al culpable de uno de estos problemas podemos esperar un momento. No para disculparlo ni para repartir la responsabilidad de manera absurda diciendo que todos somos igual de culpables, porque evidentemente no lo somos.
Simplemente para comprobar si nosotros aparecemos en algún lugar de la fotografía.
Aunque sea al fondo.
Muy pequeñitos.
Con unas gafas de sol.
Delante de un apartamento turístico precioso.
Que nos salió fenomenal de precio.
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