
¿SIGUES CON AQUELLO?
Esta semana he descubierto que hay gente que no me sigue, no me da un like y, aparentemente, no ve absolutamente nada de lo que hago.
Lo sé porque, de vez en cuando, me explica cómo debería hacerlo.
Y esto me fascina.
Hay personas que consiguen seguir tu trayectoria con una discreción que ya quisiera el CNI. No responden a una historia, no comentan una publicación, no dejan un miserable corazón… nada. Tú podrías pensar perfectamente que esa persona no sabe si sigues haciendo lo mismo, si has montado una ferretería o si te has ido a criar alpacas a Perú.
Hasta que un día estás tomando un café con ella y te dice:
—Yo los vídeos que haces intentaría hacerlos un poco más cortos.
Y claro, durante unos segundos no sabes muy bien qué responder.
¿Los vídeos?
¿Qué vídeos?
¿Pero tú estabas viendo?
A raíz de eso llevo unos días pensando en una actividad humana que practicamos bastante y que consiste en observar cómo otra persona intenta mover alguna parte de su vida mientras nosotros permanecemos a una distancia suficientemente prudencial.
Y no solo observamos. Además tenemos criterio.
Yo, por ejemplo, intento que mi vida se mueva lo justo, que tampoco estamos para sustos, pero eso no me impide tener ideas magníficas sobre lo que deberías hacer tú con la tuya.
Puedo explicarte cuándo deberías dejar tu trabajo, si deberías montar algo por tu cuenta, cómo tendrías que llevar tu negocio, cuándo deberías terminar una relación y, si me das diez minutos, seguramente pueda encontrar también el motivo por el que no está funcionando esa cosa que llevas tres años intentando construir.
Yo no lo he hecho nunca, evidentemente, pero eso me permite observarlo con cierta perspectiva.
El problema empieza cuando decides no hacerme caso, porque entonces solo me queda una cosa: ver qué tal te va.
Imagina que llevamos diez años trabajando juntos y durante esos diez años hemos tenido prácticamente la misma conversación. El jefe es insoportable, cobramos poco, los horarios son una mierda, esto no va a cambiar nunca y algún día tendremos que hacer algo.
Una conversación estupenda porque permite quejarse muchísimo sin que necesariamente ocurra nada.
Hasta que un día tú haces algo.
Me dices que te vas, que vas a montar un negocio, estudiar otra cosa, empezar un proyecto o lo que sea.
Y ahí sucede algo curioso, porque tu decisión, aunque no tenga absolutamente nada que ver conmigo, empieza a hacerme una pregunta.
Si llevábamos diez años diciendo que aquello era insoportable y tú te has ido, ¿por qué sigo yo aquí?
No significa que tenga que irme también. Puede que yo tenga razones magníficas para quedarme y puede incluso que tú estés haciendo una gilipollez considerable. Eso todavía no lo sabemos.
Lo maravilloso es que ahora puedo averiguarlo sin tener que arriesgar absolutamente nada.
Tú haces el experimento y yo observo los resultados.
De vez en cuando te pregunto:
—¿Qué tal lo tuyo?
Y tú:
—Bien, poco a poco.
—Claro, claro… estas cosas llevan tiempo.
Pasan unos meses y vuelvo:
—¿Sigues con aquello?
Me encanta ese «¿sigues?», porque parece una pregunta inocente pero ya lleva incorporada discretamente la posibilidad de que no.
Y puede ocurrir. Puedes cerrar, abandonar, volver a tu antiguo trabajo o simplemente reconocer que aquello no ha funcionado.
Seguramente me dará pena. Incluso puedo quererte muchísimo y haber deseado sinceramente que te saliera bien. Pero eso no impide que, en algún rincón bastante menos presentable de mí, aparezca también un pequeño alivio.
Porque ahora resulta que aquello era realmente difícil, que dejarlo todo no era tan sencillo y que había que tener mucho cuidado. Y sin darme demasiada cuenta, tu fracaso puede empezar a hacer algo bastante útil por mí: convertir mi miedo en prudencia.
Lo divertido es que tu fracaso no demuestra absolutamente nada sobre lo que habría ocurrido si yo hubiese tomado otra decisión. No existe una vida paralela en la que podamos comprobar qué habría pasado si yo hubiera dejado aquel trabajo, empezado aquel proyecto o aceptado aquella oportunidad.
Como esa vida no existe, miramos las que tenemos cerca y algunas vidas ajenas terminan convirtiéndose, sin haberlo pedido, en pequeños experimentos sobre la nuestra.
El fracaso del otro, además, es relativamente fácil de gestionar.
El verdadero problema empieza cuando le sale bien.
Porque imagina que pasan los meses y no abandonas. Te equivocas, pierdes dinero, vuelves a intentarlo y un día aquello empieza a funcionar.
Ahora sí tenemos un pequeño problema.
Tu fracaso me permitía pensar que hice bien no intentándolo. Pero tu éxito amenaza con dejar abierta una pregunta que preferiría no tener encima de la mesa.
Afortunadamente, para eso tenemos recursos.
Uno de mis favoritos es la suerte.
—Bueno… también tuvo suerte.
Y lo mejor es que probablemente sea verdad.
La suerte existe. Importa dónde nacemos, a quién conocemos, qué recursos tenemos, en qué momento hacemos algo y qué oportunidades aparecen por el camino. Sería bastante absurdo negar todo eso.
Lo curioso es que la suerte suele ocupar muchísimo espacio cuando explicamos el éxito de los demás y bastante menos cuando contamos el nuestro.
Cuando algo me sale bien a mí recuerdo los años de trabajo, las noches sin dormir, las veces que estuve a punto de mandarlo todo a la mierda y lo muchísimo que me lo curré.
Cuando te sale bien a ti, en cambio, recuerdo que conocías a fulano.
Y si fulano no es suficiente, seguramente encontremos a mengano.
—Claro, es que le ayudaron.
Como si recibir ayuda fuese una especie de irregularidad administrativa en el éxito, cuando probablemente casi nada importante de lo que hemos hecho habría ocurrido sin que alguien nos enseñara algo, nos recomendara, confiara en nosotros o nos abriera una puerta.
Pero todavía tenemos un recurso mejor, porque si la suerte y los contactos no consiguen explicar del todo por qué a ti te ha ido bien, siempre podemos recurrir a la moral.
—Sí, le ha ido bien, pero yo no estaría dispuesto a hacer lo que ha hecho él.
Y esta frase es maravillosa porque ya ni siquiera necesito discutir tu resultado. Puedes haber conseguido exactamente aquello que querías y yo puedo salir de la comparación bastante satisfecho conmigo mismo.
Tú has conseguido clientes, pero te vendes demasiado. Has hecho contactos, pero yo no sé hacer la pelota. Has ganado mucho dinero, pero seguro que no tienes vida. Has crecido en redes, pero yo no haría cualquier cosa por seguidores.
Y cuidado, porque todo eso puede ser cierto. Hay gente que se vende, gente que explota a los demás, gente que sacrifica cosas que nosotros no sacrificaríamos y personas cuyo éxito depende de privilegios enormes.
La cuestión no es fingir que nada de eso existe.
Lo que me interesa es otra cosa: saber si eso lo pensaba antes de conocer el resultado o si lo he necesitado después.
Porque el orden cambia bastante las cosas.
Puede que no hiciera algo porque realmente chocaba con mis principios o puede que primero no me atreviera y, con el tiempo, encontrara unos principios estupendos que explicasen por qué aquello que no hice tampoco merecía la pena.
Y entonces la jugada es magnífica: no solo he evitado el riesgo, además he salido convertido en mejor persona.
Aquí es donde la cosa empieza a tocar un poco los cojones, porque todos tenemos palabras muy bonitas para explicar nuestras renuncias.
No me expongo porque soy discreto. No vendo porque no me gusta venderme. No pido ayuda porque prefiero conseguir las cosas por mí mismo. No hago contactos porque no soy interesado. No cambio porque valoro la estabilidad. No arriesgo porque tengo responsabilidades.
Y todas pueden ser razones absolutamente legítimas.
Precisamente por eso funcionan tan bien.
Lo difícil es saber cuándo una razón explica realmente nuestra decisión y cuándo ha aparecido después para ayudarnos a convivir con ella.
Tampoco quiero convertir esto en uno de esos discursos insoportables sobre salir de la zona de confort, porque no creo que moverse sea necesariamente mejor que quedarse quieto.
Hay gente que cambia de vida cada seis meses porque es incapaz de permanecer en ningún sitio. Hay quien monta negocios absurdos, quien arriesga dinero que no debería arriesgar y quien trabaja diecisiete horas al día no porque sea un héroe empresarial, sino porque ha montado una empresa que funciona como el culo.
Quedarse puede ser una decisión extraordinariamente inteligente y marcharse puede ser una estupidez.
La cuestión empieza a interesarme cuando necesitamos que la vida del otro termine demostrando que nuestra decisión era la correcta.
Porque entonces construimos un juego bastante difícil de perder.
Si abandonas, yo fui prudente. Si triunfas, tuviste suerte. Si alguien te ayudó, tuviste padrino. Si trabajaste muchísimo, yo prefiero tener vida. Si te promocionaste, te vendiste.
Y si después de todo eso sigues teniendo un éxito bastante difícil de discutir…
Bueno.
Tampoco es para tanto.
Pase lo que pase contigo, yo puedo seguir teniendo razón sobre mí.
Y entonces entiendo mejor a esa gente que lleva dos años sin dejar una sola señal de vida en Instagram y un día aparece para decirte:
—Yo cambiaría el principio de tus vídeos.
No era un desconocido.
Era audiencia.
Una audiencia pequeña, de una persona, pero extraordinariamente comprometida.
Y además con departamento de consultoría.
El problema sería terminar aquí y concluir que existen unas personas sentadas en el sofá observando cómo los demás hacemos cosas. Nosotros seríamos los valientes creadores y ellos, los espectadores.
Solo faltaría poner una foto en blanco y negro, escribir «mientras ellos hablan, tú trabaja» y abrir una mentoría de 2.500 euros.
Así que habrá que joderlo.
Porque yo también hago esto.
También miro a alguien tomar una decisión que yo no tomaría y pienso que está loco. También he visto fracasar proyectos y he sentido ese pequeño «se veía venir». También he visto triunfar a alguien y he encontrado bastante rápido las circunstancias que explicaban una parte de su éxito.
Y seguramente alguna vez haya llamado «principio» a algo que, si escarbara lo suficiente, empezó sencillamente porque no me atreví.
No sé cuándo.
Y precisamente por eso me interesa, porque las justificaciones funcionan especialmente bien cuando dejan de parecernos justificaciones.
Después de darle vueltas no creo que la conclusión sea que tengamos que arriesgar más, emprender, dejar trabajos, publicar en Instagram ni perseguir nuestros sueños. Dios nos libre de terminar con una taza que ponga «atrévete».
Me interesa algo bastante más pequeño.
La próxima vez que alguien haga algo que nosotros no hicimos y sintamos la necesidad inmediata de explicar por qué ha fracasado, por qué ha triunfado o por qué nosotros jamás habríamos querido conseguirlo de esa manera, podríamos esperar unos segundos antes de construir la explicación.
No para dejar de juzgar. Juzgar es gratis y, francamente, entretiene bastante.
Solo para preguntarnos por qué necesitamos que su resultado diga algo sobre nuestra decisión.
Puede que simplemente estemos intentando comprender su vida. Pero también puede ocurrir que llevemos meses mirando para comprobar qué habría sucedido si nosotros hubiésemos hecho algo distinto.
Y como eso nunca podremos saberlo, esperamos acontecimientos.
A ver si abandona, a ver si funciona, a ver si tuvo suerte, a ver quién le ayudó, a ver cuánto sacrificó… hasta encontrar algo que nos permita volver tranquilamente a nuestra propia vida.
Puede que no necesitemos que al otro le vaya mal.
Ni siquiera que le vaya bien.
A veces basta con que, le vaya como le vaya, su historia nos permita no volver a preguntarnos por la nuestra.
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