
Mientras tanto.
Estos días estoy esperando que se resuelva una cosa. No voy a contar exactamente qué es, primero porque hay cosas que uno debe guardarse tranquilamente y segundo porque, pensándolo bien, da bastante igual para lo que quiero contar.
Podría ser una llamada, una decisión, un mensaje o cualquiera de esas situaciones maravillosas en las que uno ya ha hecho todo lo que podía hacer y descubre que ahora le toca una actividad para la que, al parecer, no estaba especialmente preparado: no hacer nada.
Esa es la parte curiosa. Yo ya no puedo intervenir. No hay nada que pueda hacer hoy que vaya a cambiar esa respuesta y, sin embargo, llevo varios días dedicándole una cantidad de energía que permitiría pensar exactamente lo contrario.
Sigo haciendo mi vida, claro. Trabajo, como, hablo con gente, pongo música, hago mis cosas. No estoy sentado delante del teléfono con una manta esperando que suene.
Pero he empezado a notar algo bastante raro.
Todo lo demás parece haber adquirido una especie de carácter provisional, como si estas cosas que hago ahora no fueran exactamente mi vida, sino las cosas que hago mientras tanto.
Y mientras tanto empieza a parecerme una expresión bastante hija de p***, porque tiene la capacidad de convertir una mañana perfectamente normal, una conversación, una comida o una canción en la sala de espera de algo que todavía ni siquiera ha ocurrido.
Esperar sería una actividad bastante sencilla si consistiera únicamente en esperar.
Pero no.
Al parecer hay muchísimo trabajo que hacer.
Puedes mirar el teléfono, por ejemplo. Esto es bastante útil porque permite comprobar que no ha ocurrido nada. Lo curioso es que cuatro minutos después puedes volver a mirarlo para confirmar que sigue sin haber ocurrido nada y, si tienes una mañana especialmente productiva, repetir la operación unas treinta o cuarenta veces.
Y no hace falta que haya sonado. Eso sería de principiantes. Uno puede mirar perfectamente un teléfono que sabe que no ha sonado por si, de alguna manera, ha recibido una llamada con discreción.
Pero mirar el teléfono es solamente el principio. Lo verdaderamente interesante empieza cuando llevas suficiente tiempo sin recibir ninguna información y decides que, puesto que la realidad no está colaborando, tendrás que encargarte tú.
Entonces empiezas a interpretar.
Si todavía no me han dicho nada será porque todavía no han decidido. Tiene sentido. Aunque también puede ser que sí hayan decidido y todavía no me lo hayan comunicado. También tiene sentido. O puede que la decisión dependa de otra cosa que todavía no ha sucedido. Perfectamente posible.
Y en cuestión de minutos hemos conseguido algo bastante extraordinario: obtener muchísima información de no tener absolutamente ninguna información.
Con los mensajes esto alcanza unos niveles de investigación bastante importantes.
Mandas uno. No responde.
Entra en línea.
Sale.
Vuelve a entrar.
Y tú no quieres sacar conclusiones precipitadas, evidentemente, así que esperas a que entre otras tres veces antes de empezar a sacarlas.
A partir de ahí puedes construir una investigación bastante seria sobre lo que significa que una persona haya tenido tiempo para entrar cinco veces y no para contestarte. A lo mejor está trabajando. A lo mejor ha abierto el teléfono para otra cosa. A lo mejor está pensando qué decir. A lo mejor no quiere responder.
A lo mejor deberíamos dejar de mirar si está en línea.
Pero tampoco vamos a volvernos locos.
Con las conversaciones hacemos exactamente lo mismo. Volvemos a ellas buscando información que en el momento en que ocurrieron no vimos.
¿Por qué dijo «ya veremos»?
En aquel momento parecía una expresión perfectamente normal. Ahora resulta que quizá escondía algo.
¿Y aquella pausa antes de contestar?
No me había dado cuenta de que había habido una pausa, pero después de reconstruir la conversación quince veces he conseguido localizarla perfectamente.
Dos segundos.
Dos segundos muy sospechosos.
No creo que hagamos todas estas cosas simplemente porque seamos unos neuróticos de mierda. Hay algo bastante comprensible detrás.
Mientras podemos actuar, actuamos. Preguntamos, hacemos, proponemos, corregimos, nos movemos. Tenemos la sensación de que existe alguna relación entre lo que hacemos y lo que termina ocurriendo.
Pero algunas situaciones llegan a un punto en el que esa relación desaparece.
Has hecho tu parte y ahora la respuesta está en otro sitio.
Puede estar en otra persona, en un médico, en una empresa, en un tribunal, en alguien que tiene que decidir si quiere continuar contigo o sencillamente en una realidad que todavía no ha terminado de suceder.
Y ahí nos encontramos con una situación bastante puñetera: algo nos importa muchísimo y, al mismo tiempo, nuestra capacidad para intervenir sobre ello es prácticamente cero.
Supongo que por eso la cabeza sigue trabajando. Pensar conserva cierta apariencia de actividad. No puedo modificar lo que está ocurriendo fuera, pero puedo reconstruirlo dentro, imaginar escenarios, buscar señales, interpretar silencios y volver a revisar todas las variables.
No cambia absolutamente nada.
Pero durante un rato parece que estoy haciendo algo.
Quizá esa sea una de las cosas más agotadoras de algunas esperas: nos mantienen completamente implicados en algo sobre lo que ya no podemos intervenir. No podemos hacer nada, así que hacemos muchísimo, solo que casi todo ocurre dentro de nuestra cabeza.
Y después de unos días aparece algo todavía más extraño, porque cuando esperamos una respuesta no nos limitamos a intentar adivinar cuál será. En algún momento empezamos también a vivir lo que ocurrirá después.
Supongamos que sale bien.
Entonces habrá que hacer esto, cambiar aquello, hablar con alguien, reorganizar no sé qué… Y como uno tiene bastante imaginación, en diez minutos puede haber construido una vida razonablemente detallada alrededor de algo que todavía no ha ocurrido.
El problema es que también puede salir mal.
Y hay que estar preparado.
Así que construimos la otra.
Si ocurre lo contrario, entonces haré esto. Bueno, tampoco sería tan terrible. Incluso podría venir bien porque, ahora que lo pienso, aquello que hace tres días deseaba muchísimo tampoco era para tanto.
Esto me fascina especialmente.
Hay cosas que pierden una cantidad sorprendente de atractivo cuando empezamos a sospechar que quizá no podamos tenerlas.
No es que ya no las queramos. Es que vamos adelantando trabajo emocional.
Por si acaso.
Y así podemos pasar una tarde estupenda viviendo alternativamente dos vidas incompatibles. Durante veinte minutos estamos ilusionadísimos con una posibilidad y media hora después hemos llegado a la conclusión de que probablemente la contraria sea mucho mejor para nosotros.
Luego volvemos a la primera.
Y antes de dormir hacemos una última visita a la segunda, no vaya a ser que durante la noche haya cambiado algo.
Sin que haya ocurrido absolutamente nada.
Esto no pasa solo con decisiones enormes. Pasa esperando saber si alguien quiere volver contigo, esperando el resultado de una prueba, esperando que acepten una propuesta, esperando una llamada familiar o incluso esperando una contestación a un mensaje que, objetivamente, tampoco debería tener capacidad para ocupar media tarde de nuestra existencia.
Pero la tiene.
Y entonces empezamos a vivir futuros.
Anticipar tiene bastante sentido. Seguramente hemos llegado hasta aquí como especie, entre otras cosas, porque somos capaces de imaginar lo que puede ocurrir antes de que ocurra. Si veo que viene una tormenta, quizá sea buena idea no salir en chanclas a dar una vuelta por el monte.
Anticipar nos permite prepararnos.
El problema es que hay una frontera bastante difícil de localizar entre prepararnos para una experiencia y empezar a sustituirla por nuestra anticipación de ella.
Puedo pensar una vez qué haré si algo sale mal. Eso probablemente sea útil.
Otra cosa es vivir ese fracaso mentalmente doce veces antes de saber siquiera si va a producirse.
Y lo mismo ocurre con aquello que deseamos. Podemos disfrutar por adelantado de una vida que todavía no tenemos, colocar mentalmente todas sus piezas y empezar incluso a acostumbrarnos a ella.
Hasta que llega la respuesta real.
Y resulta que no era ninguna de las dos.
Porque la realidad tiene la fea costumbre de no consultar los escenarios que habíamos preparado.
Nosotros habíamos previsto A y B.
Y llega C.
Un sí con condiciones. Un no que abre otra posibilidad. Una respuesta que tarda tres semanas más. Una persona que responde exactamente lo contrario de lo que habíamos imaginado.
Después de haber pasado días intentando prepararnos para el futuro descubrimos que el futuro no estaba obligado a parecerse a ninguno de nuestros ensayos.
Por eso no estoy seguro de que anticipemos siempre para estar preparados. A veces creo que lo hacemos porque nos cuesta muchísimo aceptar que exista un lugar al que todavía no podemos entrar.
Queremos saber cómo será.
Y si todavía no podemos saberlo, lo imaginamos.
Después vivimos un rato allí, volvemos, entramos en otro y así podemos pasarnos días entrando y saliendo de futuros que quizá no existan nunca mientras hay una vida que sí existe y que, curiosamente, empieza a parecernos la menos importante de todas.
La de ahora.
Llegados aquí sería bastante fácil estropearlo todo concluyendo que hay que aprender a vivir el presente.
Respirar.
Soltar.
Aceptar la incertidumbre.
Confiar en el proceso.
Y seguramente podríamos acompañarlo con una fotografía de una persona mirando al mar y abrir una mentoría de 2.500 euros.
Pero hay un pequeño problema.
Yo sigo mirando el teléfono.
Así que tampoco estoy en condiciones de explicar cómo alcanzar ese maravilloso estado en el que una respuesta importante está pendiente y a uno le da exactamente igual.
Y además no estoy seguro de que quisiera conseguirlo.
Si algo me importa, es bastante razonable que piense en ello. Si estoy esperando una decisión capaz de modificar una parte de mi vida, sería extraño que me produjera la misma inquietud que esperar a que termine la lavadora.
Hay esperas que importan porque lo que hay detrás importa. No creo que la solución consista en fingir que no.
Lo que sí llevo varios días preguntándome es otra cosa.
Al principio pensé que la ansiedad de la espera consistía en que todo aquello que no fuese la resolución perdía su sentido y, cuanto más lo pienso, menos exacto me parece.
Porque las demás cosas no han perdido nada.
Una conversación sigue teniendo exactamente la misma capacidad para interesarme. Una canción no ha empeorado. La persona con la que estoy comiendo no se ha vuelto menos importante. Una tarde no tiene menos posibilidades porque haya un teléfono encima de la mesa que todavía no ha sonado.
Nada de eso ha perdido necesariamente su sentido.
Soy yo quien ha empezado a tratarlo como si fuera un intermedio.
Y ahí vuelvo al mientras tanto.
Utilizamos esa expresión con una naturalidad tremenda.
Mientras tanto sigo haciendo esto.
Mientras tanto voy trabajando.
Mientras tanto salgo.
Mientras tanto intento distraerme.
Como si hubiese una vida principal detenida en algún sitio y esta fuese una especie de versión provisional que utilizamos hasta que nos devuelvan la otra.
Puede durar horas, pero también meses. Hay personas que pasan un año esperando saber si algo ocurrirá. Personas esperando que alguien cambie, esperando que llegue una oportunidad, esperando poder marcharse, esperando recuperarse, esperando una respuesta que quizá ni siquiera tenga fecha.
Y mientras tanto la vida tiene la mala educación de seguir ocurriendo.
Cumplimos años, conocemos gente, alguien nos cuenta algo, nos reímos, descubrimos una canción, una persona se marcha, otra aparece y tenemos una conversación que dentro de diez años quizá recordemos y que en ese momento vivimos a medias porque estábamos pendientes de otra cosa.
Quizá el problema de algunas esperas no sea solamente la ansiedad que produce no saber qué va a pasar.
Puede haber algo más.
Hay futuros que consiguen tanta importancia que empiezan a decidir cuánto vale nuestro presente.
Y eso es bastante poder para algo que todavía no existe.
Lo curioso es que, tarde o temprano, muchas de esas respuestas llegan.
Suena el teléfono.
Aparece el mensaje.
Alguien nos dice que sí o que no.
Nos dan el resultado.
Tomamos la decisión.
Y aquello que llevaba cuatro días ocupando una cantidad obscena de nuestra cabeza puede resolverse en una conversación de tres minutos.
Después colgamos y estamos otra vez en la cocina.
La taza sigue encima de la mesa, la canción continúa y la persona que estaba con nosotros sigue allí.
La vida que habíamos colocado provisionalmente en segundo plano no se había marchado a ninguna parte.
Yo todavía estoy esperando esa respuesta y tampoco estoy completamente seguro de qué quiero que diga, porque una de las ventajas de darle suficientes vueltas a algo es que puedes terminar confundiendo incluso aquello que querías al principio.
Pero llegará.
Será una cosa, será otra o será una de esas opciones que no había tenido la imaginación suficiente para anticipar. Y cuando llegue tendré que hacer algo con ella.
Lo que me interesa ahora es que llevo varios días pensando que había una decisión pendiente y quizá había dos.
Una estaba ocurriendo en algún lugar al que yo no tenía acceso. Dependía de otra persona, de otras circunstancias o sencillamente de algo que todavía tenía que suceder.
Pero había otra decisión bastante menos espectacular que estaba tomando yo todos los días sin darme demasiada cuenta: qué valor iba a darle a todo lo que ocurría hasta que llegase aquella respuesta.
Puedo esperar algo, desearlo, preocuparme e incluso mirar el teléfono treinta veces, que tampoco vamos a exigirnos ahora convertirnos en Marco Aurelio.
Lo que quizá merece la pena vigilar es cuándo una parte de nuestra vida que todavía no se ha resuelto empieza a convertir todo lo demás en una sala de espera.
Porque puede que la espera no sea únicamente el tiempo que hay antes de que ocurra algo.
Durante todo ese tiempo también están ocurriendo cosas.
Y algunas, seguramente, no vuelvan a ocurrir.
Mientras tanto también era la vida.
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