El pozo compartido
Filosofía aplicada

El pozo compartido

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El pozo compartido

Hay una escena en la que llevo pensando unos días y que seguramente casi todos hemos visto alguna vez. Imaginemos un grupo de chavales de catorce, quince o dieciséis años. Uno de ellos empieza a fumar, pero no es cualquiera, sino uno de esos que por el motivo que sea tiene cierto peso dentro del grupo. El atrevido, el que suele proponer las cosas, el que parece ir siempre un poco por delante y al que los demás, de una forma más o menos consciente, suelen seguir.

Un día aparece con un cigarro, lo enciende y se lo ofrece a uno de sus amigos.

—¿Quieres?

—No.

Se lo ofrece a otro.

—Venga, prueba.

—Paso.

Y después a otro.

—Que no, tío.

Ahora imaginemos algo que probablemente no ocurra demasiadas veces, pero que me interesa precisamente por eso: absolutamente nadie acepta. Él termina fumándose su cigarro mientras todos sus amigos continúan exactamente como estaban.

Llevo unos días preguntándome qué sentiría ese chaval porque, aparentemente, no ha ocurrido gran cosa. Él quería fumar, ha fumado y los demás simplemente han decidido no hacerlo. Sin embargo, sospecho que para determinadas personas ahí podría estar ocurriendo algo bastante más importante. Puede que ese chaval no estuviera ofreciendo únicamente un cigarro, sino poniendo a prueba, sin saberlo, su capacidad para seguir marcando el ritmo del grupo.

Hasta ese momento estaba acostumbrado a proponer algo y que los demás fueran detrás. De repente descubre que puede dar un paso y que nadie tiene por qué darlo con él. Para alguien que ha construido parte de su identidad alrededor de ser el primero, el atrevido o quien abre camino, puede haber una diferencia enorme entre sentir que va por delante y mirar hacia atrás para descubrir que nadie lo está siguiendo. Texto pegado

Puede que ahí aparezca la insistencia. «Venga, hombre», «no seas cagao», «por uno no te va a pasar nada». Incluso puede aparecer la burla, y siempre me ha parecido curioso que alguien que aparentemente está disfrutando muchísimo haciendo algo necesite tanto que nosotros también lo hagamos. Si estás encantado fumándote tu cigarro, ¿qué coño importa que yo no quiera uno?

Evidentemente no creo que un adolescente esté pensando que necesita reducir una contradicción interna consiguiendo que sus amigos reproduzcan su comportamiento. Seguramente está pensando simplemente «venga, fuma». Precisamente eso es lo interesante: hacemos muchísimas cosas sin saber exactamente qué necesidad estamos intentando satisfacer con ellas.

Puede querer compartir una experiencia, parecer mayor, mantener su posición dentro del grupo o simplemente fumar acompañado. No tenemos ni idea. Pero hay una posibilidad que me interesa especialmente: cuando conseguimos que los demás hagan lo mismo que nosotros, nuestra decisión puede empezar a sentirse de una manera diferente. Mientras todos permanecen fuera y yo soy el único que ha dado el paso, mi decisión continúa siendo extraordinariamente visible. Cuando consigo que entren conmigo deja de ser «yo estoy haciendo esto» y empieza a convertirse en «esto es lo que hacemos nosotros». Texto pegado

Pensando en ello apareció una imagen que no consigo quitarme de la cabeza: la de un pozo.

Si estoy solo en el fondo de un pozo y miro hacia arriba, resulta bastante difícil olvidar dónde estoy. Ahora bien, si empiezan a bajar mis amigos, nos reímos, ponemos música, decoramos aquello y acabamos convencidos de que los aburridos son quienes se han quedado arriba, puede llegar un momento en el que aquello deje incluso de parecernos un pozo.

Hasta aquí podríamos pensar que estamos hablando de adolescentes, tabaco, presión de grupo y esas estupideces que hacíamos cuando teníamos quince años.

No estoy nada seguro de que hayamos dejado de hacerlo.

Creo que simplemente nos hemos hecho mayores y hemos aprendido a decorar muchísimo mejor los pozos. Texto pegado

Con el cigarro todo resulta relativamente sencillo porque sabemos que fumar perjudica la salud y reconocemos con facilidad la presión de grupo. El problema empieza cuando nos hacemos mayores y aquello con lo que construimos nuestros pozos ya no lleva una etiqueta en la cajetilla advirtiéndonos de que puede perjudicarnos. Algunas de esas cosas, de hecho, están extraordinariamente bien consideradas.

Imaginemos a alguien que durante veinte años ha ido asumiendo cada vez más responsabilidades. Ha ascendido, gana mucho dinero, tiene un buen puesto, una buena casa y un buen coche. No tiene por qué haber absolutamente nada malo en ello. Puede disfrutar muchísimo de lo que ha conseguido y puede ser exactamente la vida que quería construir.

Pero imaginemos que no.

Imaginemos que está hasta los cojones.

Duerme mal, apenas tiene tiempo y cada domingo por la tarde empieza a sentir esa pequeña angustia porque al día siguiente vuelve a empezar todo. Ha conseguido muchas de las cosas que durante años creyó que debía conseguir, pero no está especialmente contento con la vida que esas cosas han terminado construyendo.

Un día queda con un antiguo amigo que cobra bastante menos, conduce un coche de gama baja, vive en una casa mucho más pequeña y sale de trabajar a las cinco. Para colmo, parece feliz.

Y eso puede resultar sorprendentemente difícil de digerir porque el amigo no necesita hacer absolutamente nada. No tiene que criticar nuestra vida, explicarnos que hemos elegido mal ni contarnos que ha descubierto el secreto de la felicidad. Le basta con estar allí, tomándose una cerveza tranquilamente y pareciendo satisfecho con una vida que nosotros habíamos aprendido a considerar insuficiente.

Entonces pueden aparecer frases que conocemos bastante bien: «Nunca ha tenido demasiada ambición», «se conforma con cualquier cosa», «podría haber llegado mucho más lejos».

Y puede que sea verdad. Puede que realmente se esté conformando. No tenemos ni puta idea.

Pero existe otra posibilidad: que necesitemos llamarlo conformista porque aceptar que alguien puede estar satisfecho deseando mucho menos de lo que nosotros hemos necesitado conseguir pone en cuestión demasiadas cosas. Texto pegado

Ahí el pozo compartido de los adultos empieza a volverse bastante más sofisticado. Ya no necesitamos ofrecer un cigarro ni convencer a nadie de que haga exactamente lo mismo. A veces basta con desacreditar la vida que ha elegido.

El adolescente dice «no seas cagao, fuma». El adulto puede decir «hay que tener un poco más de ambición». Evidentemente no son la misma cosa, pero algunas veces podrían estar cumpliendo una función parecida: convertir la negativa del otro a seguir nuestro camino en algún tipo de carencia suya.

Porque si consigo convencerme de que tú tienes menos porque eres poco ambicioso, mi vida continúa teniendo sentido dentro del marco desde el que la construí. Pero si resulta que simplemente no querías lo mismo que yo y, además, estás perfectamente bien, aparece una posibilidad bastante más difícil de aceptar: aquello que durante años consideré necesario puede haber sido solamente una posibilidad entre muchas.

Y puede que por eso algunas vidas consigan alterarnos sin hacernos absolutamente nada. No porque sean mejores que la nuestra, ni porque en secreto queramos vivirlas, sino simplemente porque demuestran que se podía vivir de otra manera. Texto pegado

Esto no convierte en sospechoso querer ganar muchísimo dinero, tener una casa enorme, dirigir una empresa o trabajar doce horas al día. El problema aparece cuando necesitamos que quien no desea esas cosas esté de alguna manera equivocado para poder seguir tranquilos con haberlas deseado nosotros. En ese momento ya no estamos defendiendo únicamente una elección; estamos defendiendo la necesidad de que nuestra elección haya sido la correcta.

Pero sería demasiado fácil dejar el asunto ahí porque entonces tendríamos un culpable estupendo: el ambicioso, el competitivo, el que necesita demostrar algo, mientras nosotros, criaturas espiritualmente evolucionadas que hemos comprendido lo importante de la vida, observamos todo desde nuestra bicicleta.

Y eso sería simplemente cambiar de pozo.

Imaginemos ahora al otro. Tiene un trabajo normal, un coche de gama baja y una casa pequeña. Gana suficiente para vivir como quiere y valora muchísimo disponer de tiempo. Está encantado.

Perfecto.

El problema aparece cuando necesita mirar a quien ha elegido otra vida y pensar que es un esclavo, que se ha vendido por dinero o que algún día comprenderá que desperdició su vida trabajando. Porque puede que esa otra persona también esté encantada. Puede que le apasione dirigir una empresa, asumir responsabilidades, competir, ganar muchísimo dinero y vivir una vida que para nosotros resultaría insoportable.

Y entonces sucede algo maravilloso: quien aparentemente había renunciado al estatus puede terminar construyendo estatus alrededor de haber renunciado al estatus.

Ya no competimos por quién tiene más, sino por quién necesita menos.

El ego tiene una capacidad extraordinaria para sobrevivir a casi cualquier cosa. Le quitamos el Porsche y puede construir una identidad alrededor de ir en bicicleta. Le quitamos la competición y consigue hacernos sentir superiores porque nosotros, a diferencia de los demás, ya no competimos.

Es bastante hijo de puta el mecanismo. Texto pegado

Y es precisamente ahí donde la metáfora del pozo empieza a complicarse, porque ya no podemos identificarlo mirando desde fuera la vida de alguien. El pozo no es tener mucho ni tener poco, trabajar doce horas o trabajar cuatro, querer dirigir una multinacional o querer pasar las tardes paseando al perro.

El problema puede aparecer cuando necesitamos que la elección del otro esté equivocada para sentirnos tranquilos con la nuestra.

Uno mira al otro y piensa «qué conformista». El otro devuelve la mirada y piensa «qué esclavo». Los dos pueden estar genuinamente satisfechos con sus decisiones y, aun así, necesitar encontrar algún defecto en la vida contraria.

Cuanto más pienso en ello, menos me parece que estemos hablando de estilos de vida y más de nuestra dificultad para aceptar que dos decisiones profundamente contradictorias puedan ser igualmente legítimas. Parece que algo dentro de nosotros descansa bastante mejor cuando existe una respuesta correcta. Si mi manera de vivir es la buena, encontrar algún problema en la tuya me permite volver bastante tranquilo a casa.

Lo difícil es sentarnos delante de alguien que conoce nuestra opción, ha elegido prácticamente lo contrario y parece genuinamente satisfecho con ello.

Porque entonces no basta con tolerar su libertad. Tenemos que tolerar algo bastante más complicado: que su libertad no termine dándonos la razón.

Y ahí aparece una pregunta que me interesa especialmente: si una persona completamente satisfecha con una vida opuesta a la mía consigue irritarme, ¿qué coño es exactamente lo que me está irritando?

Puede que no sea su vida.

Puede que sea la duda que introduce sobre la necesidad de la mía. Texto pegado

Pero aquí aparece un problema importante con todo este razonamiento. Podríamos acabar pensando que cualquier intento de influir sobre otra persona es una proyección, que deberíamos limitarnos a observar cómo cada uno hace lo que le da la gana y que aconsejar, advertir o intentar convencer a alguien de algo es una especie de atentado contra su autonomía.

No creo que sea así.

Hay veces en las que alguien está realmente metiéndose en un pozo y tratar de evitarlo es precisamente una forma de quererlo. Si alguien a quien queremos está tomando una decisión que consideramos peligrosa, podemos advertirle, discutir, insistir e intentar enseñarle algo que creemos que no está viendo.

La dificultad está en distinguir cuánto hay ahí de preocupación por el otro y cuánto de necesidad de que el otro confirme nuestra manera de entender la vida.

Y no estoy seguro de que exista una fórmula perfecta para separarlo porque probablemente ambas cosas puedan convivir. Podemos querer sinceramente lo mejor para alguien y, al mismo tiempo, proyectar sobre esa persona nuestros miedos, nuestras expectativas y nuestra propia idea de lo que significa vivir bien. No creo que seamos psicológicamente tan limpios como para separar siempre una cosa de la otra. Texto pegado

Sin embargo, hay una prueba mental que me parece interesante.

Imaginemos que esa persona no nos hace caso. Escucha todo lo que tenemos que decir, elige exactamente lo contrario y, pasado un tiempo, resulta que le va maravillosamente bien. No como nosotros entendíamos que debía irle bien, sino como ella quería que le fuera bien. Está satisfecha con su decisión y ha construido una vida que nosotros jamás elegiríamos, pero que le funciona.

¿Seríamos capaces de alegrarnos?

Porque si aquello que realmente nos preocupaba era su bienestar, descubrir que está bien debería producirnos cierto alivio. Podemos continuar sin comprender su decisión, seguir pensando que nosotros jamás habríamos hecho lo mismo e incluso mantener nuestras reservas, pero ya no necesitamos demostrar que estaba equivocada.

En cambio, si una pequeña parte de nosotros continúa esperando que algún día se dé la hostia, se arrepienta y vuelva para decirnos «tenías razón», convendría preguntarnos qué estábamos defendiendo exactamente.

Todos conocemos esa satisfacción extrañísima del «¿ves?, ya te lo dije». Supuestamente queríamos que a esa persona le fuera bien y, sin embargo, cuando ocurre aquello contra lo que habíamos advertido aparece durante un instante una pequeña victoria. No porque disfrutemos necesariamente de su sufrimiento, sino porque disfrutamos de haber tenido razón. Texto pegado

Por eso cada vez me interesa más una pregunta bastante sencilla de formular y bastante más complicada de responder:

¿Podría aceptar que eligieras exactamente lo contrario que yo, que te fuera maravillosamente bien y que nunca necesitaras reconocer que yo tenía razón?

Eso no significa callarnos cuando creemos que alguien está haciendo una gilipollez. Podemos aconsejar, advertir, discutir e intentar mostrar un peligro que creemos que el otro no está viendo. Después llega una parte bastante más difícil: aceptar que la vida que tenemos delante no es la nuestra.

Tal vez ahí exista una diferencia importante entre acompañar a alguien e intentar arrastrarlo hacia nuestro lado. No necesariamente en cuánto hablamos, cuánto insistimos o cuánto nos preocupa, sino en si después de haber dicho lo que pensamos somos capaces de aceptar que siga caminando en otra dirección sin necesitar convertir su camino en un error. Texto pegado

Y después de darle todas estas vueltas termino volviendo al chaval de quince años que acaba de encender su primer cigarro delante de sus amigos.

No estoy seguro de que estemos tan lejos de él como nos gustaría creer. Evidentemente hemos cambiado. Nuestras decisiones son más complejas y hemos aprendido a construir argumentos muchísimo mejores para explicar por qué hacemos lo que hacemos, pero aquella necesidad de mirar alrededor después de dar un paso para comprobar si alguien viene detrás puede seguir bastante viva.

Puede que por eso resulte tan agradable descubrir que alguien a quien respetamos ha tomado una decisión parecida a la nuestra y tan extraño cuando alguien cercano, inteligente y al que queremos conoce perfectamente nuestra opción, elige exactamente la contraria y parece estar estupendamente.

Porque ahí aparece una forma de libertad que resulta mucho más difícil de practicar que simplemente decir «cada uno puede hacer lo que quiera». No consiste únicamente en permitir que el otro elija.

Consiste en aceptar de verdad que su elección pueda salir bien.

Hemos confundido demasiadas veces compartir una vida con necesitar compartir una respuesta. Texto pegado

Por eso ahora, cuando imagino otra vez la escena del principio, me interesa una versión mucho menos espectacular. El chaval enciende su cigarro, se lo ofrece a un amigo y este le dice que no. Se lo ofrece a otro y tampoco quiere. Nadie lo sigue.

Y él simplemente se encoge de hombros y continúa con su cigarro.

Fumar sigue siendo una mala idea, pero a estas alturas el cigarro casi me da igual. Lo que me interesa de esa escena es otra cosa: la seguridad que hace falta para elegir algo sin necesitar convertir inmediatamente nuestra elección en la forma correcta de hacerlo.

Porque necesitamos compañía. Necesitamos sentirnos comprendidos, compartir decisiones, encontrar personas parecidas y descubrir que no estamos solos en aquello que hacemos. No creo que haya ningún problema en eso.

El problema del pozo compartido no es que haya gente dentro.

El problema empieza cuando necesitamos llenarlo para dejar de preguntarnos si todavía queremos seguir dentro.

Y si alguna vez descubro que estoy en uno, seguramente agradeceré muchísimo encontrar a alguien allí conmigo. Espero reírme con él, poner música y hacer el lugar un poco más habitable.

Solo espero que su presencia no consiga que dejemos de mirar de vez en cuando hacia arriba.

Y, sobre todo, que no necesitemos convencer a quienes siguen fuera de que el verdadero problema es que todavía no han entendido lo maravillosamente bien que se vive en el fondo.


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