
Cuánto futuro necesitamos conocer antes de vivirlo
Hemos aprendido a llegar antes que nuestra propia experiencia
Hay una cosa que siempre me ha hecho bastante gracia de las vacaciones y es la cantidad de gente que empieza a esperarlas varios meses antes de que lleguen. En mayo ya no te cuentan tanto cómo están como cuánto les queda: tres semanas, diecisiete días, el viernes que viene. Las vacaciones aparecen al otro lado del calendario como una especie de territorio prometido en el que por fin descansaremos, desconectaremos y tendremos tiempo para hacer todas esas cosas que llevamos meses diciendo que necesitamos hacer.
Y entonces llegan. Cerramos el ordenador, ponemos el mensaje automático en el correo, aparece la primera fotografía de unos pies frente al mar —porque por algún motivo seguimos considerando importante demostrar que conservamos las extremidades inferiores durante las vacaciones— y durante unos días parece que por fin hemos llegado exactamente al lugar en el que queríamos estar.
Lo curioso es que pasan diez o doce días, hablas con alguien y te dice que tampoco le importaría volver ya. Y esto siempre me ha fascinado porque, normalmente, no ha descubierto una pasión repentina por su trabajo. No está tumbado en una hamaca mirando el Mediterráneo y pensando cuánto echa de menos Excel o aquella reunión de los martes a las nueve y media. Simplemente empieza a estar un poco hasta los cojones de estar de vacaciones.
Cuando miramos qué ha hecho durante esos días aparece algo bastante curioso: ha cambiado completamente de escenario, pero en muy poco tiempo ha conseguido reconstruir una dinámica sorprendentemente parecida a la que tenía antes. Se levanta, desayuna, baja a la playa, vuelve, come, duerme la siesta, vuelve a la playa, se ducha, pasea, cena y se acuesta. Al día siguiente hace prácticamente lo mismo y, cuando lleva diez días repitiéndolo, empieza a cansarse de aquello que llevaba meses esperando.
No creo que haya absolutamente nada malo en pasar quince días debajo de una sombrilla. De hecho, probablemente tenga la vida bastante mejor resuelta alguien capaz de hacer eso sin sentirse culpable que quien necesita convertir cada jornada de vacaciones en una experiencia transformadora. No hace falta atravesar Mongolia en bicicleta, conocer una tribu perdida y regresar con una pulsera que simbolice que por fin hemos comprendido quiénes somos. Lo que me interesa es otra cosa: por qué podemos desear durante meses cambiar de vida durante quince días y tardar apenas cuarenta y ocho horas en empezar a reconstruir una nueva rutina dentro de ella. Texto pegado
Hace tiempo empecé a pensar en esto recordando unas vacaciones que hice con una moto. No fueron especialmente espectaculares y tampoco quiero ponerme épico porque ni atravesé el Sáhara ni tuve que reparar el motor con una cuerda mientras un pastor bereber me explicaba el sentido de la existencia. Era una scooter de 125 y me iba por ahí. Tampoco nos flipemos.
Sin embargo, recuerdo aquellos días con una energía que no recuerdo en otros viajes mucho más cómodos y durante bastante tiempo pensé que la explicación estaba en la moto, en viajar o simplemente en estar fuera. Con el tiempo he empezado a pensar que había algo bastante más sencillo: cuando me levantaba por la mañana sabía a qué hora salía y prácticamente nada más.
No sabía dónde iba a comer, dónde terminaría, con quién acabaría hablando ni a qué hora volvería. Había días en los que pensaba regresar a media tarde y aparecía de madrugada porque una cosa llevaba a otra, conocía a alguien, alguien me hablaba de un sitio, terminaba allí y después ocurría cualquier otra cosa. El día iba adquiriendo una forma que por la mañana sencillamente no existía. Texto pegado
Dicho así tampoco parece una gran revelación. De hecho, durante buena parte de nuestra vida salir de casa sin saber exactamente qué iba a ocurrir era bastante normal. Ahora puede empezar a parecernos casi una negligencia administrativa.
Nos vamos cuatro días a algún sitio y antes de salir hemos visto el hotel, la habitación del hotel, la habitación fotografiada por el hotel y la habitación fotografiada por un señor de Valladolid que estuvo allí hace dos años y considera importante advertirnos de que el secador tenía poca potencia. Sabemos cómo es el desayuno, cuánto se tarda andando hasta la playa, qué restaurantes hay alrededor, qué puntuación tienen, cuánto cuestan, qué aspecto tienen sus platos y qué recomienda pedir la gente que estuvo antes que nosotros.
Después llegamos al restaurante que queríamos descubrir, pedimos aquello que ya hemos visto quince veces en una pantalla, el camarero lo coloca delante y comprobamos que, efectivamente, tiene exactamente el aspecto que esperábamos.
Es una forma bastante peculiar de descubrir algo.
Y no digo esto desde ninguna montaña desde la que observe a la humanidad. Yo también miro qué tiempo hará dentro de doce días como si alguien hubiera firmado aquella previsión ante notario y, si cambia, casi me parece una falta de profesionalidad por parte de la atmósfera. Anticipar es útil y planificar tiene todo el sentido del mundo. Gracias a ello no perdemos aviones, sabemos dónde vamos a dormir y evitamos llegar a las once de la noche a un pueblo maravilloso para descubrir que nuestra única posibilidad de cenar es una máquina de vending.
El problema, si es que hay alguno, no está en planificar, sino en hasta dónde necesitamos que llegue esa planificación. Porque una cosa es construir una estructura que permita que ocurra una experiencia y otra bastante distinta es intentar conocer la experiencia antes de haberla vivido.
Cuanto más sabemos de antemano, menor es la posibilidad de encontrarnos con algo que no queremos, y eso resulta bastante tranquilizador. Sin embargo, hay una consecuencia menos evidente: cuando reducimos la posibilidad de decepcionarnos también podemos estar reduciendo la posibilidad de encontrarnos con algo que ni siquiera sabíamos que queríamos. Texto pegado
Es ahí donde aparece una idea sobre la que llevo tiempo dando vueltas y que llamo margen de acontecimiento. No tiene que ver con defender la improvisación frente a la planificación ni con convertir la incertidumbre en una especie de virtud. Tiene que ver con cuánto espacio queda dentro de una experiencia para que algo que no habíamos elegido pueda modificarla.
Podemos reservar dónde vamos a dormir y no saber qué haremos durante toda la tarde. Podemos visitar una ciudad sin investigar previamente los veinte lugares que hay que ver. Podemos entrar en un restaurante sin conocer cuál es el plato que todo el mundo recomienda o empezar una conversación sin decidir cuánto tiene que durar. Son cosas bastante pequeñas, pero todas conservan una posibilidad: que lo que ocurra durante la experiencia pueda modificar lo que venga después.
Creo que ahí había algo importante en aquellas vacaciones con la moto. Muchas de las cosas que más recuerdo no fueron necesariamente extraordinarias; simplemente no existían hasta que ocurrieron. Una conversación que duró más de lo previsto, una carretera que cogí porque sí, alguien que apareció, un sitio en el que terminé porque otro estaba cerrado. Cosas que difícilmente podían haber ocurrido si el día hubiera estado completamente resuelto antes de empezar. Texto pegado
Y puede que por eso, cuando todavía existe ese margen, también prestemos más atención. No porque esperemos que ocurra algo espectacular, sino porque cualquier cosa puede modificar ligeramente lo siguiente. Cuando sabemos exactamente qué viene después, gran parte de lo que ocurre alrededor puede convertirse en paisaje. Cuando no lo sabemos del todo, aquello que aparece tiene alguna posibilidad de intervenir en el día.
Hay otra escena veraniega que aparentemente no tiene demasiado que ver con todo esto y que, sin embargo, creo que termina llevándonos al mismo lugar. Es la gente tomando el sol a las tres de la tarde con treinta y tantos grados mientras alcanza lentamente la temperatura interna de una croqueta.
Los ves tumbados cinco minutos, se levantan porque no pueden más, se meten en el agua, vuelven, aguantan otros cinco minutos y repiten la operación durante dos horas. A mí la playa me gusta mucho más una hora antes de que se ponga el sol, cuando baja la temperatura, puedes caminar, leer, hablar o simplemente mirar el mar sin sentir que alguien te está haciendo lentamente a la plancha.
Pero a esa hora aparece una frase maravillosa: «Ya no pega».
¿No pega para qué?
Porque para estar allí se está de puta madre.
«Ya, pero no te pone moreno».
Y entonces resulta que estábamos hablando de otra cosa.
Ir a la playa porque nos gusta estar al sol y hacerlo porque queremos volver morenos pueden coincidir, pero no son necesariamente la misma experiencia. El moreno tiene una ventaja enorme: permanece después y, además, se ve. Volvemos el lunes, alguien nos mira y dice «joder, qué moreno estás» y de alguna manera parece que las vacaciones han funcionado. Hay una prueba.
Sería muy fácil reducir esto al postureo y decir que hacemos las cosas para enseñárselas a los demás, pero creo que el asunto es bastante más interesante. También necesitamos enseñárnoslas a nosotros mismos. Guardamos fotografías, compramos recuerdos, contamos historias y hacemos listas de lugares porque necesitamos construir cierta continuidad entre lo que vivimos y lo que después recordaremos haber vivido. Eso me parece profundamente humano.
La cuestión empieza a resultarme más extraña cuando elegimos una parte de la experiencia pensando más en lo que dejará después que en cómo se siente mientras está ocurriendo. Podemos pasar dos horas incómodos bajo un sol de justicia y, aun así, tener la sensación de haber aprovechado mejor la playa que alguien que estuvo tranquilamente a la sombra leyendo un libro. Uno vuelve con una marca visible; el otro, simplemente, después de haber pasado una tarde cojonuda. No tengo demasiado claro en qué momento decidimos cuál de las dos cosas cuenta más. Texto pegado
Y creo que aquí aparece otra forma de anticipación que va más allá de saber dónde vamos a cenar o qué hotel hemos reservado. No solo intentamos conocer de antemano qué va a ocurrir, sino también qué debería proporcionarnos aquello que va a ocurrir. Nos vamos de vacaciones para descansar y empezamos a comprobar si estamos descansando suficientemente; viajamos para descubrir, pero investigamos previamente qué debemos descubrir; queremos improvisar y guardamos veintisiete lugares en Google Maps por si acaso improvisamos mal.
Tampoco me parece extraño. Nos pasamos buena parte del año organizando horarios, reuniones, mensajes, citas, entregas, comidas y fines de semana, y sería bastante ingenuo pensar que el día que empiezan las vacaciones ese cerebro desaparece y nace otro señor dentro de nosotros vestido de lino que sabe fluir. Nos llevamos el mismo cerebro, solo que le ponemos bañador. Texto pegado
Tal vez por eso tardamos varios días en empezar realmente a estar de vacaciones. Físicamente ya estamos allí, pero seguimos administrando el tiempo, intentando aprovecharlo, comprobando que todo vaya bien e incluso sintiéndonos culpables si un día no hacemos nada porque solo tenemos quince días y habrá que aprovecharlos. Como si las vacaciones fueran un yogur a punto de caducar.
Y cuando finalmente dejamos de intentar sacarles rendimiento quedan cuatro días para volver.
Todo esto me hace pensar que algunas veces lo que echamos de menos de determinados viajes, épocas o lugares tampoco es exactamente lo que creemos. Cuando recuerdo aquellas vacaciones en moto, no recuerdo especialmente bien dónde dormí ni qué comí ni podría reconstruir exactamente qué hice cada día. Lo que recuerdo con una claridad enorme es levantarme por la mañana y sentir que el día todavía no estaba hecho.
Puede que algunas veces, cuando decimos que echamos de menos una ciudad, un verano, un viaje o incluso una época de nuestra vida, no estemos echando de menos únicamente aquello que había entonces. Puede que también echemos de menos la relación que teníamos con lo que todavía no había ocurrido. Texto pegado
Cuando somos jóvenes hay una parte enorme de la vida que todavía desconocemos. No sabemos dónde viviremos, a quién conoceremos, qué trabajos tendremos, qué relaciones permanecerán o qué decisiones terminarán cambiándolo todo. Con los años la incertidumbre no desaparece, porque la vida sigue haciendo bastante lo que le da la gana, pero nosotros nos hacemos mucho mejores anticipando, organizando y reduciendo todo aquello que podemos reducir.
Quizá —y sí, aquí lo quitaría porque sé que odias el «quizá» — puede que una parte de la nostalgia no tenga tanto que ver con querer regresar a lo que ocurrió como con echar de menos una época en la que todavía quedaban muchas cosas por ocurrir.
No creo que la respuesta a todo esto sea empezar a viajar sin reservar hotel, abandonar el trabajo o seguir cualquier carretera que parezca interesante. Entre otras cosas porque acabaríamos todos durmiendo en el coche y acordándonos de estas ideas de una manera bastante desagradable. Tampoco tendría demasiado sentido convertir la espontaneidad en una nueva obligación y empezar a preocuparnos porque no estamos improvisando correctamente.
La cuestión que me interesa es bastante más pequeña: tal vez no necesitemos desorganizar nuestra vida, sino dejar de organizar absolutamente todos sus rincones. Dejar alguna tarde sin decidir, algún restaurante sin investigar, algún recorrido sin saber exactamente cuánto durará, alguna conversación a la que no tengamos que ponerle una hora de finalización o incluso cinco minutos de aburrimiento que no resolvamos inmediatamente sacando el teléfono.
Probablemente en esos cinco minutos no ocurra nada. Pero también puede que ocurra algo, y precisamente esa posibilidad es la que cada vez me interesa más.
Porque necesitamos anticipar. Necesitamos cierta seguridad, cierta continuidad y una mínima capacidad para imaginar qué viene después. Sin ellas sería bastante difícil construir una vida. Pero entre no saber absolutamente nada de mañana y conocer de antemano cada uno de sus rincones existe un territorio enorme en el que todavía podemos dejar que algunas cosas sucedan antes de haber decidido cómo deberían suceder.
Y puede que no necesitemos mucha más aventura que esa: que cuando empiece mañana todavía quede alguna parte del día que no exista.
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