La realidad está llena de preguntas que casi nunca nos detenemos a ver.
Reflexiones

La realidad está llena de preguntas que casi nunca nos detenemos a ver.

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Hace unos días salí a tomar algo yo solo y es curioso porque muchas veces, cuando alguien escucha eso de que sales solo, cree que significa que no tenías con quién salir, pero no tiene nada que ver.

Me gusta salir solo porque puedo entrar cuando quiero, ir hacia donde quiero e irme cuando quiero; hablar si aparece una conversación y no hablar si no aparece. No tengo que preguntarle a nadie si nos vamos o nos quedamos, si le apetece bailar o sentarse, ni estar pendiente del estado de ánimo de nadie. Tampoco tengo que alargar la noche un minuto más si me apetece volver a casa. Simplemente voy y vuelvo cuando quiero.

Y el otro día, en una de esas noches que aparentemente no tenían nada de especial, volví a casa pensando que quizá había sido una de las noches más interesantes del verano. No porque hubiera ocurrido nada extraordinario, sino porque me di cuenta de que la realidad está llena de preguntas escondidas, solo que normalmente caminamos demasiado deprisa para encontrarlas.

Llegué a una terraza-discoteca de Valladolid donde había bastante gente. Antes de ir a la pista me apetecía tomar algo tranquilamente, así que empecé a buscar un sitio donde sentarme. Todo estaba lleno hasta que, de repente, vi una especie de trono blanco enorme colocado sobre el césped, un poco separado del resto y, al mismo tiempo, imposible de ignorar.

Recuerdo perfectamente lo que ocurrió dentro de mi cabeza, aunque solo fueran unas décimas de segundo. Primero pensé: «Qué sitio tan bueno». Y justo después apareció otro pensamiento: «Uf... si me siento ahí yo solo voy a llamar muchísimo la atención».

Me hizo gracia porque el sillón seguía siendo exactamente el mismo. No había cambiado absolutamente nada; lo único que había aparecido era una historia dentro de mi cabeza sobre cómo podrían verme los demás. Así que pensé: «Qué tontería, si precisamente es el mejor sitio», fui y me senté.

Entonces hice algo que creo que hacemos casi todos: saqué el teléfono. No porque tuviera nada importante que mirar ni porque estuviera esperando un mensaje, simplemente lo saqué. Y de repente me dije: «¿Qué coño estoy haciendo?».

Porque realmente no quería mirar el teléfono, era solo una distracción. Así que lo guardé, pero casi sin darme cuenta empecé a jugar con la copa que tenía en la mano: la movía, la giraba, le daba un sorbo y volvía a juguetear con ella.

Entonces me hizo muchísima gracia porque el teléfono había desaparecido, pero la necesidad seguía ahí. Y comprendí que la necesidad no era mirar el móvil; la necesidad era parecer ocupado.

El teléfono había desaparecido, pero la necesidad seguía ahí. Y comprendí que la necesidad no era mirar el móvil, sino parecer ocupado.

Pensé que, antes del teléfono, probablemente habría sido un cigarro, una copa o un periódico. Da igual. Lo importante nunca fue el objeto, sino tener una explicación visible para nuestra presencia, como si simplemente estar sentado, tranquilo y mirando alrededor fuera algo extraño.

El teléfono dice: «Estoy ocupado». La copa dice: «Estoy bebiendo». El cigarro dice: «Tengo algo que hacer». La compañía dice: «Estoy socializando».

Pero ¿qué pasa cuando simplemente estás sentado sin hacer absolutamente nada?

Y es curioso porque no me molestaba estar solo, eso nunca me ha molestado. Lo que todavía descubro que aparece a veces es una pequeña resistencia a parecer solo, y esas dos cosas no tienen absolutamente nada que ver.

Uno puede disfrutar profundamente de su propia compañía y, sin embargo, seguir sintiendo el peso de la mirada ajena, como si una pequeña parte de nosotros continuara preguntándose qué historia estarán contando los demás sobre nosotros.

Mientras estaba allí sentado, sin nada que hacer y sin distracciones, la cabeza buscó una. Miré la pulsera de macramé que llevaba puesta y pensé que, hacía no mucho, aquello no era una pulsera: era un hilo.

Me quedé un rato dándole vueltas a esa idea y me di cuenta de que normalmente miramos una pulsera, pero yo, de repente, estaba viendo un hilo. Y pensé que quizá hacemos eso con casi todo: miramos productos terminados, nunca procesos.

Una pulsera. Una persona. Una relación. Una identidad.

Como si fueran cosas acabadas.

Pero la pulsera sigue siendo un hilo, solo que ahora está trenzado. Una persona tampoco está terminada. Una relación tampoco. Un árbol tampoco.

La realidad entera parece estar ocurriendo constantemente y, sin embargo, nosotros insistimos en detenerla con palabras. Quizá por eso sufrimos tanto: porque la vida ocurre como verbos y nosotros insistimos en convertirla en sustantivos.

Y entonces apareció otra pregunta: ¿qué ocurriría si todos los seres humanos tuviéramos exactamente la misma ropa? El mismo traje, del mismo color, sin marcas, sin relojes, sin zapatillas distintas y sin ninguna posibilidad de diferenciarnos por la apariencia.

¿Cómo cambiaríamos? ¿Cómo cambiarían nuestras relaciones? ¿Seguiríamos admirando a las mismas personas? ¿Nos enamoraríamos igual? ¿Desaparecería parte del estatus?

Sospeché que probablemente no tardaríamos demasiado en inventar nuevas diferencias porque, si no pudiéramos distinguirnos por la ropa, lo haríamos por la forma de caminar, por la manera de hablar, por la postura o por cualquier otra cosa.

Quizá el ego no necesita exactamente símbolos. Lo que necesita es distinguirse.

Mientras pensaba todo aquello, sentado sin ninguna distracción y dejando que la cabeza caminara hacia donde quisiera, terminé la copa, la dejé sobre la mesa, miré hacia la pista y pensé: «Bueno... ahora sí me apetece».

Me levanté y fui a bailar.

Hay algo que me pasa cuando bailo desde hace un tiempo. Cuanto más me he ido relajando y venciendo poco a poco algunas luchas que antes tenía conmigo mismo, más disfruto en una pista. Y no porque sea un gran bailarín, ni mucho menos.

Tengo la sensación de que, para muchas personas —y para mí hasta hace no demasiado tiempo—, bailar es sobre todo una forma de socializar. La música, igual que antes lo era el teléfono mientras estaba sentado, funciona como una excusa mientras buscas otra mirada, hablas, ligas, bromeas o simplemente socializas. Y no hay absolutamente nada malo en eso.

Pero yo me he dado cuenta de que cada vez utilizo más el baile para desaparecer.

Hay momentos en los que, si la música me atrapa, dejo de pensar en cómo me estoy moviendo, dejo de preguntarme si alguien me está mirando y dejo de corregirme. Simplemente hay música y hay movimiento. Durante unos minutos, el narrador pesado que llevo dentro se calla.

Por eso muchas veces siento que bailar se parece mucho más a meditar de lo que pensamos. No porque haya silencio, sino porque desaparecen los comentarios.

Y el otro día, mientras estaba bailando, pensé en la cantidad de veces que, a lo largo de mi vida, una persona había llamado mi atención en una discoteca o en cualquier otro lugar.

Seguro que conoces ese momento en el que, de repente, aparece alguien y toda tu conciencia queda absorbida por esa presencia. Es como mirar por una mirilla: todo lo demás desaparece. La música sigue, la gente sigue moviéndose, pero durante unos segundos parece que solo existe esa persona. Y no tiene por qué ser por nada en particular; simplemente tu atención queda secuestrada.

Entonces pensé en cuántas personas estarían haciendo exactamente eso conmigo mientras yo me movía con los ojos entreabiertos. No porque yo fuera especial, sino porque cada conciencia construye su propio túnel.

¿Cuántas miradas estarían cayendo sobre mí en ese instante? ¿Cuántas por detrás o desde un lado? ¿Cuántas durante un segundo y cuántas durante diez? ¿Y cuántas interpretaciones completamente distintas estarían naciendo al mismo tiempo sobre la misma persona?

Entonces apareció una imagen que se me quedó grabada.

Imaginé que alguien pudiera detener la música durante un instante y hacer visible algo que nunca vemos.

No las personas.

Las miradas.

Una línea saliendo de cada par de ojos hacia aquello que está observando.

De repente, aquella terraza dejaría de ser una terraza para convertirse en una inmensa constelación de miles de líneas cruzándose. Algunas durarían apenas un instante y otras varios minutos; algunas serían mutuas y otras unilaterales. Alguien estaría pendiente de un amigo, otro perdido en un recuerdo, quizá alguien estaría observando cómo bailaba yo mientras yo ni siquiera sabría que existía y, al mismo tiempo, mi mirada estaría descansando sobre otra persona o quién sabe dónde.

Me pareció una imagen maravillosa porque comprendí que nuestra conciencia funciona como una linterna que ilumina un pequeño trozo de la realidad y después tiene la osadía de creer que ha visto el escenario entero.

Pero no vemos el escenario entero. Vemos una mínima parte.

Mientras yo estaba pendiente de una persona, cientos de conversaciones estaban ocurriendo al mismo tiempo. Alguien se estaba enamorando, alguien estaba terminando una relación, alguien acababa de recibir una mala noticia, alguien estaba celebrando algo y alguien miraba al cielo.

Todo eso estaba sucediendo al mismo tiempo y yo no veía absolutamente nada de ello.

Qué pequeño es el mundo que nuestro foco nos permite contemplar.

Entonces apareció otra idea.

Pensé en todas esas personas que quizá me estaban mirando. Uno podría pensar que eso da un poco de vértigo, pero curiosamente me produjo el efecto contrario, porque comprendí que tampoco existe eso que llamamos «la opinión de los demás». Lo que existe es una infinidad de opiniones distintas.

Para alguien quizá era el raro que bailaba solo; para otro, alguien que parecía libre; para otro, alguien interesante; para otro, una persona feliz y, para otro, simplemente un personaje. Y probablemente muchísimas personas ni siquiera repararon en mí.

Entonces pensé: ¿de cuál de todas esas opiniones debería preocuparme? ¿De cuál exactamente?

Nos pasamos la vida intentando controlar algo que, en realidad, ni siquiera existe como una realidad única. Y lejos de inquietarme, esa idea me produjo una enorme sensación de libertad, porque comprendí que la gente no ve quién eres.

Ve la historia que construye sobre ti.

Exactamente igual que tú haces con ellos.

Seguí bailando un rato más y, cuando ya decidí marcharme, ocurrió la última cosa de la noche. Curiosamente, fue quizá la más importante de todas.

Mientras caminaba hacia la salida me di cuenta de que atravesar aquella terraza era una experiencia en sí misma. No porque estuviera ocurriendo nada extraordinario, sino precisamente porque no ocurría nada extraordinario.

Así que hice algo que suelo hacer cuando quiero investigar una experiencia de forma consciente: en lugar de irme, volví a entrar.

Di otra vuelta. Y luego otra más.

No buscaba a nadie ni había olvidado nada. Simplemente quería experimentar qué suponía atravesar aquel lugar prestando atención.

Entonces empecé a fijarme en el pequeño roce de los hombros cuando alguien se apartaba para dejarme pasar, en esa sonrisa casi automática con la que dos desconocidos se dan las gracias sin decir prácticamente nada y en esas miradas de apenas medio segundo que nunca volverán a repetirse.

También empecé a fijarme en la luz. Bastaban tres o cuatro pasos para que cambiara completamente la atmósfera: una zona iluminada con una luz cálida, la siguiente casi en penumbra, después una luz rojiza y, unos metros más allá, otra vez oscuridad.

Y luego llegaron los olores.

Era increíble cómo, al pasar junto a una persona, aparecía un perfume que desaparecía casi inmediatamente para dejar paso a otro completamente distinto. Después llegaba el olor del tabaco y luego cualquier otro. Era como caminar atravesando pequeñas atmósferas que apenas duraban unos segundos.

Y pensé en la poca conciencia que tenemos de la inmensa cantidad de información que nuestro cuerpo está recibiendo continuamente.

Creemos que simplemente caminamos, pero en realidad estamos atravesando un paisaje de luces, temperaturas, olores, sonidos, pequeños contactos, sonrisas y presencias.

Y casi nunca estamos realmente ahí.

Estamos pensando en otra cosa.

Entonces comprendí que quizá la diferencia entre vivir y simplemente pasar por la vida no consista en hacer cosas extraordinarias. Quizá consista en permanecer el tiempo suficiente dentro de las ordinarias como para que empiecen a revelar lo que esconden.

Y ahí entendí algo sobre la filosofía.

Durante mucho tiempo pensé que filosofar consistía en leer grandes libros, estudiar autores y conocer conceptos, y claro que todo eso es importante. Pero cada vez estoy más convencido de que un filósofo no es solamente alguien que responde preguntas difíciles, sino alguien capaz de detectar preguntas que todavía no habían sido formuladas y permanecer el tiempo suficiente junto a ellas hasta que empiezan a revelar claves que permanecían ocultas.

Porque aquella noche yo no salí buscando hablar del ego, ni de la identidad, ni de la atención, ni de la libertad. Salí simplemente a escuchar música, bailar y tomar algo.

Y, sin embargo, allí estaban todas esas preguntas esperando.

Es curioso. La realidad lleva siglos hablándonos y quizá el problema nunca fue que guardara silencio, sino que casi siempre caminamos demasiado deprisa para escucharla.

Y desde entonces hay una idea que no deja de acompañarme:

cada vez estoy más convencido de que pensar no consiste en añadir ideas a la realidad, sino en permanecer el tiempo suficiente dentro de una experiencia hasta que la propia realidad empiece a hacerte preguntas.


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