
¿Ha evolucionado nuestro sentido del humor o solo nuestra forma de distraernos?
Hay algo que llevo un tiempo observando y que, cuanto más lo pienso, más curioso me parece.
Hace unos días vi un vídeo en el que decían que el pianista de ABBA prácticamente no hacía nada. Ponían un fragmento de una canción, sonaban tres notas y millones de personas se reían.
"Es verdad."
"Menudo trabajo."
"Pobre hombre."
Entonces alguien comentó algo muy sencillo. Dijo que ese pianista era uno de los grandes arreglistas de la música moderna, que gran parte del sonido de ABBA era precisamente fruto de su trabajo y que, probablemente, ABBA no habría sido ABBA sin él.
La respuesta fue inmediata:
"Hijo... qué aburrido."
"Es humor."
Y ahí pensé que quizá este post no iba sobre ABBA.
Porque, claro que era humor. No estoy diciendo que haya que analizar cada chiste, ni que exista un humor correcto, ni muchísimo menos.
Lo que me llamó la atención fue otra cosa.
Parecía que, en el momento en que algo nos hace reír, dejara automáticamente de poder pensarse. Como si el humor tuviera un permiso especial. El permiso para simplificar, exagerar y caricaturizar.
Y eso está bien. El humor siempre ha exagerado.
Lo curioso es cuando dejamos de distinguir entre la caricatura y la realidad. Porque entonces el humor ya no solo nos hace reír. Empieza también a enseñarnos una forma de mirar.
Y ahí me vino otra idea.
Cuando un niño tiene tres años le dices "caca" y se ríe. Le dices "pedo" y se ríe todavía más. Alguien tropieza y vuelve a reírse.
Es completamente normal. Tiene tres años. Está descubriendo el mundo.
Pero hay algo que me pregunto desde hace tiempo.
¿Qué ocurre cuando llegamos a los cuarenta y seguimos necesitando exactamente el mismo tipo de estímulo para reírnos?
La caída.
El ridículo.
La humillación.
El diferente.
La caricatura.
Y aquí quiero ser muy cuidadoso.
No estoy diciendo que nadie deba dejar de reírse de eso. Yo también me río de tonterías. No vengo a dar lecciones de humor.
La pregunta es otra.
¿Ha evolucionado nuestro sentido del humor al mismo ritmo que ha evolucionado el resto de nuestra vida?
Porque aprendemos idiomas. Aprendemos profesiones. Leemos. Viajamos. Nos enamoramos. Nos decepcionamos. Maduramos. O al menos eso intentamos.
Pero...
¿También madura aquello que nos hace gracia?
Porque quizá el humor también tenga una biografía.
Y quizá una persona no solo cambia por las ideas que tiene. También cambia por las cosas que deja de necesitar para reírse.
No lo sé.
Es una sospecha.
Y entonces aparece otra pieza del puzle: las redes sociales.
El algoritmo sabe algo que todos sabemos.
No gana el humor más inteligente. Gana el humor que entiende más gente en menos tiempo.
Y eso cambia completamente las reglas.
Porque una ironía necesita contexto. Una contradicción necesita atención.
Pero una caída no necesita nada.
Un meme.
Una cara rara.
Una frase sacada de contexto.
Eso viaja mucho más rápido.
Y entonces me pregunto si el problema no será el humor.
Quizá el problema sea la velocidad.
Porque cuando todo tiene que entenderse en diez segundos, la realidad siempre acaba perdiendo complejidad.
Y entonces ya no hablamos de ABBA.
Hablamos de política.
De deporte.
De relaciones.
De famosos.
De cualquier persona.
La convertimos en un personaje.
Y el personaje siempre es más fácil de consumir que una persona real.
Porque las personas son incómodas.
Contradictorias.
Lentas.
Los personajes no.
Los personajes caben en un meme.
Y entonces entendí por qué me incomodó tanto aquella respuesta.
"Hijo... qué aburrido."
"Es humor."
Porque esa frase cerraba la conversación.
No abría ninguna.
Y quizá ahí está la diferencia entre el entretenimiento y el pensamiento.
El entretenimiento no tiene por qué hacer preguntas.
Pero nosotros sí.
Porque si renunciamos a hacerlas, acabamos aceptando cualquier simplificación con tal de que nos haga sonreír unos segundos.
Y entonces pensé en algo todavía más incómodo.
Quizá no consumimos tanto entretenimiento porque nos guste reír.
Quizá lo consumimos porque, durante unos minutos, dejamos de escucharnos.
Mientras nos reímos no pensamos en el trabajo, ni en la incertidumbre, ni en las decisiones, ni en la soledad, ni en aquello que llevamos semanas evitando mirar.
Y eso tampoco es nuevo.
Siempre hemos necesitado descansar de la vida.
El problema aparece cuando el descanso ocupa tanto espacio que deja de ser descanso y se convierte en una forma de vivir.
Porque entonces ya no buscamos comprender.
Buscamos distraernos.
Y la distracción tiene una ventaja enorme.
No exige profundidad.
Solo exige el siguiente vídeo.
El siguiente chiste.
El siguiente meme.
La siguiente carcajada.
Y poco a poco vamos entrenando algo muy curioso.
La incapacidad para permanecer demasiado tiempo con una misma idea.
Quizá por eso cada vez nos cuesta más leer un libro, escuchar una conversación larga o simplemente sentarnos sin hacer nada.
Porque la mente ya espera el siguiente estímulo.
No sé si eso nos hace peores.
Pero sí creo que nos hace más impacientes.
Más superficiales.
Y quizá un poco más fáciles de entretener.
Por eso creo que este post no iba sobre ABBA.
Ni sobre un pianista.
Ni siquiera sobre el humor.
Creo que iba sobre nosotros.
Sobre aquello que necesitamos para dejar de pensar durante un rato.
Y quizá la pregunta no sea de qué nos reímos.
Quizá la pregunta sea...
¿Qué dejamos de mirar mientras nos estamos riendo?
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