
¿Compartimos la vida... o necesitamos que alguien la confirme? | La diferencia entre compartir y depender.
¿Compartimos la vida... o necesitamos que alguien la confirme?
Hay una contradicción que llevo mucho tiempo observando.
Y cuanto más la miro...
más me parece que no habla de las parejas.
Habla de nosotros.
Porque todos decimos querer una persona con personalidad.
Con criterio.
Con carácter.
Nos gusta que tenga inquietudes.
Que tenga opiniones.
Que tenga un mundo propio.
Pero... solo hasta cierto punto.
Porque en el momento en que ese mundo propio empieza a desviarse del nuestro...
algo dentro de nosotros se incomoda.
Queremos una pareja que decida por sí misma.
Siempre que esas decisiones terminen llevándola al mismo lugar al que queríamos ir nosotros.
Y eso ocurre continuamente.
No hablamos de grandes decisiones.
No hablo de cambiar de ciudad.
Ni de tener hijos.
Ni de dejar un trabajo.
Hablo de cosas mucho más pequeñas.
Una película.
Un concierto.
Un restaurante.
Una escapada.
Una comida con amigos.
una visita a la familia.
Una tarde cualquiera....
Uno propone un plan.
El otro responde:
—La verdad... hoy no me apetece mucho.
Y ahí ocurre algo curioso.
Porque muchas veces la respuesta no es:
—No pasa nada. Disfrútalo tú.
La respuesta suele ser otra.
—Venga...
Me hace ilusión que vengas conmigo.
Y quiero detenerme ahí.
Porque esa frase, en principio, es preciosa.
Que alguien quiera compartir contigo un momento es algo profundamente humano.
Todos queremos compartir aquello que nos emociona.
No hay nada malo en eso.
El problema empieza un poco después.
Porque casi nunca nos conformamos con que el otro venga.
Queremos algo más.
Queremos que disfrute.
Y tampoco basta con que disfrute un rato.
Queremos que disfrute hasta el final.
Porque si después de dos horas empieza a cansarse...
si bosteza...
si mira el reloj...
si propone volver a casa...
nuestro estado también cambia.
Y es extraño.
Porque hace apenas un momento estábamos disfrutando.
Pero ahora ya no.
Ahora empezamos a mirar de reojo y a pensar...
"¿Se estará aburriendo?"
"¿Ya no le gusta?"
"¿Tiene ganas de irse?"
Y casi sin darnos cuenta...
dejamos de vivir la experiencia para empezar a vigilar la experiencia del otro.
Y ahí me hago una pregunta.
¿Por qué mi disfrute depende tanto de tu expresión?
Si este concierto me emocionaba...
¿por qué deja de emocionarme porque tú tengas sueño?
Si esta ciudad me parecía maravillosa...
¿por qué de repente necesito que también te lo parezca a ti?
-Pues quizá porque no solo quería compartir un momento.
Quizá necesitaba que ese momento fuera confirmado.
Y entonces aparece una exigencia mucho más silenciosa.
Ya no basta con venir.
Ahora también tienes que poner buena cara.
Y esto me parece fascinante.
Porque la otra persona ya ha renunciado a su plan.
Ha venido.
Ha hecho el esfuerzo.
Ha decidido acompañarte.
Y, sin embargo, sentimos que todavía nos debe algo.
Nos debe entusiasmo.
Nos debe ilusión.
Nos debe la misma emoción que sentimos nosotros.
Como si compartir significara sentir exactamente lo mismo.
Y es que las emociones no funcionan así.
Nadie puede decidir disfrutar.
Nadie puede obligarse a emocionarse.
Nadie puede elegir que un concierto le conmueva, que una película le entusiasme o que una conversación le resulte apasionante.
Las emociones aparecen.
O no aparecen.
Y, sin embargo, esperamos que el otro haga algo casi imposible.
Que no solo esté.
Que además sienta lo mismo que nosotros.
Hay una frase que he escuchado muchísimas veces y quizá tú también.
"En una pareja unas veces tiene que tragar uno... y otras veces tiene que tragar el otro."
Siempre me ha parecido una frase tristísima.
No porque nunca haya que ceder.
Claro que hay que ceder.
Vivir con otra persona implica renunciar muchas veces a lo que uno preferiría.
Eso forma parte de cualquier convivencia.
Lo que me inquieta es otra cosa.
Que hayamos convertido esa renuncia en el modelo de relación.
Como si amar consistiera en repartir sacrificios.
Hoy cedo yo.
Mañana cedes tú.
Hoy hago algo que no me apetece.
Mañana harás tú algo que no te apetece.
Y así, poco a poco, la relación empieza a parecer una especie de contabilidad emocional.
Una cuenta corriente de pequeñas deudas.
Yo ya hice esto por ti.
Ahora te toca a ti hacerlo por mí.
Pero hay algo que me parece todavía más curioso.
La renuncia nunca termina cuando dices que sí.
Empieza ahí.
Porque una vez que has aceptado venir...
ya no basta con estar.
Ahora también tienes que seguir disfrutando.
Y si después de tres horas estás cansado...
si simplemente ya no tienes la misma energía...
si te apetece volver a casa...
parece que has roto un pacto que nunca llegaste a firmar.
Porque el otro siente que ya no estás compartiendo el momento.
Y yo me pregunto...
¿De verdad no lo estás compartiendo?
¿O simplemente has dejado de interpretarlo?
Porque quizá el verdadero problema no sea que hayas dejado de disfrutar.
Quizá el problema sea que el otro necesitaba que siguieras disfrutando para poder seguir disfrutando él.
Y esa idea me resulta profundamente inquietante.
Porque significa que muchas veces no buscamos compartir una experiencia.
Buscamos compartir exactamente el mismo estado emocional.
Y eso...
eso es imposible.
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Porque cuanto más pienso en todo esto...
más me convenzo de que no estoy hablando de parejas.
Las parejas simplemente hacen visible algo que llevamos dentro mucho antes de enamorarnos.
De hecho...
me atrevería a decir que esta misma conversación podría tenerla hablando de amigos.
De hermanos.
De padres.
De hijos.
O incluso de nosotros mismos.
Porque hay una pregunta que nunca nos hacemos.
¿Por qué hay tantas cosas que solo hacemos cuando alguien acepta hacerlas con nosotros?
Piénsalo un momento.
¿Cuánta gente lleva años diciendo que quiere viajar...
pero sigue esperando a encontrar a la persona adecuada?
¿Cuánta gente no entra sola en un restaurante?
¿Cuánta gente nunca iría sola al cine?
¿O a un concierto?
¿O a tomarse una cerveza?
¿Cuántos planes permanecen guardados en un cajón...
esperando a que aparezca alguien que quiera hacerlos?
Y no estoy hablando de compartir.
Compartir es maravilloso.
Estoy hablando de otra cosa.
Estoy hablando de depender.
Porque una cosa es pensar:
"Qué bonito sería vivir esto contigo."
Y otra muy distinta es pensar:
"Si tú no vienes...
yo tampoco voy."
Y creo que muchas veces confundimos ambas cosas.
Nos convencemos de que estamos esperando compañía.
Cuando quizá lo que estamos esperando es permiso para vivir.
Y cuanto más observo a la gente...
más me sorprende una costumbre que hemos normalizado.
Alguien rompe una relación.
Y rápidamente escucha siempre el mismo consejo.
"Sal."
"No te quedes en casa."
"Rodéate de gente."
"Que no te vea solo."
Y entiendo perfectamente la buena intención.
No estoy diciendo que aislarse sea buena idea.
Lo que me pregunto es otra cosa.
¿Por qué la soledad nos produce tanto miedo?
¿Por qué permanecer una tarde con nosotros mismos parece casi un fracaso?
¿Por qué sentimos que si no hay nadie alrededor...
estamos perdiéndonos la vida?
Quizá porque hace mucho tiempo que dejamos de aprender a habitarnos.
Y entonces buscamos personas.
No para compartir lo que ya somos.
Sino para evitar encontrarnos con aquello que todavía no sabemos sostener.
Por eso me resulta tan llamativo lo que ocurre cuando alguien decide hacer algo solo.
Viajar solo.
Ir al cine solo.
Sentarse en una terraza solo.
Comer solo.
Pasear solo.
Todavía hay quien lo mira con cierta extrañeza.
Como si faltara algo.
Como si una vida necesitara siempre un testigo para ser una vida completa.
Y quizá ahí aparece una de las preguntas más incómodas de este episodio.
¿Estoy compartiendo mi vida...
o necesito constantemente que alguien confirme que merece la pena vivirla?
Porque no es lo mismo.
Imagina que llevas meses soñando con visitar un lugar.
Por fin llega el día.
Pero la persona que va contigo no termina de disfrutar.
Se cansa.
Hace calor.
Tiene hambre.
No conecta con el sitio.
Y entonces, casi sin darte cuenta...
empiezas a mirar el viaje a través de sus ojos.
Dejas de mirar el paisaje y empiezas a mirar su cara.
Como si su emoción tuviera más autoridad que la tuya.
Y eso me parece fascinante.
Porque significa que, muchas veces, no confiamos del todo en nuestra propia experiencia.
Necesitamos que alguien nos diga, con su entusiasmo, que aquello realmente merecía la pena.
Y quizá por eso nos afecta tanto cuando el otro no disfruta.
No solo porque queríamos compartir ese momento.
Sino porque, de alguna manera, sentimos que ha cuestionado nuestra elección.
Como si dijera:
"No era para tanto."
Y entonces aparece otra sospecha.
Quizá no necesitamos tanto compañía.
Quizá necesitamos validación.
Necesitamos que alguien confirme que nuestros gustos son interesantes.
Que nuestros planes tienen sentido.
Que nuestras decisiones son acertadas.
Que nuestra forma de vivir merece la pena.
Y eso coloca al otro en un lugar muy difícil.
Porque ya no le estamos pidiendo que nos acompañe.
Le estamos pidiendo algo mucho más pesado.
Le estamos pidiendo que sostenga nuestra ilusión.
Que confirme nuestra manera de mirar el mundo.
Y ninguna persona debería cargar con esa responsabilidad.
Porque cuando mi felicidad depende de que tú también sonrías...
tu libertad empieza a convertirse, sin querer, en una amenaza.
Y entonces descubro algo que quizá llevaba mucho tiempo intentando no ver.
No me molestaba tanto que quisieras otra cosa.
Lo que realmente me molestaba...
era descubrir que yo todavía no sabía disfrutar completamente de la mía si no la disfrutábamos los dos.
Y quizá...
solo quizá...
la libertad empiece el día en que podamos decirle a alguien:
"Me habría encantado compartir esto contigo...
pero también sé disfrutarlo aunque hoy no te apetezca venir."
Porque ese día la compañía deja de ser una necesidad.
Y empieza a convertirse en una elección.
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Y quizá por eso hay un capítulo de un libro al que vuelvo una y otra vez.
No porque me dé respuestas.
Sino porque me hace preguntas que siguen maravillandome.
Hay un momento en el que Zaratustra de (nietche) dice algo que, la primera vez que lo leí, me dio un buen bofeton.
Dice:
**"Nuestro amor al prójimo es nuestro mal amor hacia nosotros mismos."**
Cuando uno escucha esa frase por primera vez...
es fácil pensar que está atacando el amor.
Pero creo que no está hablando de eso.
No está diciendo que amar sea un problema.
Ni que la amistad sea un problema.
Ni que la pareja sea un problema.
Está sospechando algo mucho más profundo.
Está sospechando que, muchas veces, utilizamos al otro para no encontrarnos con nosotros.
Y esa idea cambia completamente la conversación.
Porque entonces la pregunta deja de ser:
"¿Quiero mucho a esta persona?"
Y empieza a ser otra.
"¿Para qué la necesito?"
Porque querer y necesitar no siempre son la misma cosa.
Hay necesidades que se disfrazan de amor.
Necesidades muy elegantes.
Muy románticas.
Muy aceptadas socialmente.
Pero siguen siendo necesidades.
Necesito que vengas.
Necesito que me acompañes.
Necesito que te guste.
Necesito que te emocione.
Necesito que quieras lo mismo que yo.
Y cuanto más necesito todo eso...
menos espacio queda para que el otro sea verdaderamente libre.
Porque una persona libre puede decir que no.
Puede aburrirse.
Puede cambiar de opinión.
Puede marcharse antes.
Puede disfrutar de cosas que a mí no me interesan.
Puede encontrar belleza donde yo no la encuentro.
Y si cada una de esas diferencias pone en peligro mi tranquilidad...
quizá el problema nunca fue su libertad.
Quizá fue mi dependencia.
Creo que ahí es donde la frase de Nietzsche empieza a adquirir sentido.
No amamos mal porque queramos demasiado.
Amamos mal cuando utilizamos a las personas para llenar un lugar que solo nosotros podemos habitar.
Y ese lugar tiene un nombre muy sencillo.
Nuestra propia compañía.
Porque quizá llevamos demasiado tiempo hablando de aprender a convivir con los demás...
y demasiado poco de aprender a convivir con nosotros mismos.
Nadie nos enseña eso.
Nos enseñan a hacer amigos.
A encontrar pareja.
A crear una familia.
A pertenecer a grupos.
Pero muy pocas veces alguien nos pregunta:
¿Sabes pasar una tarde contigo?
¿Sabes disfrutar de una comida sin sacar el teléfono?
¿Sabes caminar una hora sin necesitar conversación?
¿Sabes ir al cine sin mirar el asiento de al lado?
¿Sabes celebrar una buena noticia aunque nadie pueda acompañarte ese día?
Y quizá estas preguntas incomodan porque dejan al descubierto algo muy humano.
Que muchas veces no buscamos personas para compartir nuestra vida.
Las buscamos para evitar quedarnos a solas con ella.
Y entonces aparece una paradoja maravillosa.
Cuanto más necesitamos que el otro sostenga nuestra felicidad...
más peso ponemos sobre la relación.
Y cuanto más peso ponemos sobre la relación...
más difícil resulta querer con libertad.
Porque el otro deja de ser un compañero de viaje.
Empieza a convertirse en el responsable de que el viaje tenga sentido.
Y nadie puede soportar durante mucho tiempo esa responsabilidad.
Por eso creo que confundimos dos formas completamente distintas de estar con alguien.
Existe una compañía que nace de la abundancia.
Y existe otra que nace de la carencia.
La primera dice:
"Mi vida ya tiene sentido.
Y qué bonito es que hoy la compartamos."
La segunda dice:
"Necesito que estés aquí para que mi vida tenga sentido."
Desde fuera pueden parecer exactamente iguales.
Las dos personas se abrazan. viajan. cenan juntas. publican fotografías.
Pero por dentro son mundos completamente distintos.
Una comparte.
La otra necesita.
Y quizá ahí empiece la verdadera libertad.
No cuando dejamos de querer a los demás.
Sino cuando dejamos de convertirlos en el lugar donde apoyamos el peso de nuestra propia existencia.
Porque entonces ocurre algo precioso.
Si hoy quieres venir...
bienvenido.
Y si hoy prefieres hacer otra cosa...
también.
Porque mi alegría ya no depende de convencerte.
Mi ilusión ya no necesita ser confirmada.
Mi manera de vivir ya no necesita testigos para parecerme valiosa.
Y entonces compartir deja de ser un contrato.
Deja de ser una negociación.
Deja de ser una contabilidad de sacrificios.
y Vuelve a ser lo que quizá siempre debió ser.
El encuentro entre dos personas libres.
Dos personas que pueden caminar juntas.
Precisamente porque también saben caminar separadas.
Quizá por eso la pregunta no sea cuánto queremos a quienes nos rodean.
Quizá la pregunta sea mucho más incómoda.
**¿Cuánto de ese amor nace realmente de la alegría de compartir... y cuánto nace del miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos?**
Porque tal vez el amor al prójimo no empiece cuando encontramos a alguien dispuesto a acompañarnos.
Tal vez empiece el día en que ya no necesitemos que nadie sostenga aquello que por fin hemos aprendido a sostener nosotros.
Y quizá solo entonces...
la compañía deje de ser un refugio.
Y empiece a convertirse en un regalo.
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